Os dejamos la nota que Víctor Alija Castro preparó con motivo de la publicación de El eje imaginario, de Rosario Troncoso.

«La poesía germinada

Vislumbrar, discernir, un eje imaginario –pero real- sobre la vida y sus aconteceres, obligados o casuales, ante los ojos del ser humano sea, quizás, la tarea inconclusa y necesaria del poeta desde los tiempos inmemoriables de la literatura. Porque el agua nace y, desde su temprana eclosión a la vida, dibuja su propio y caprichoso camino sobre un cauce que, deliberado por el destino, terminará perdiéndose en el ancho de otras aguas que aprendieron igualmente del inconformismo y que, inevitables, serán rotas como el quejido por las quillas de los barcos de aquellos humanos que hambrientos necesitarán de los peces que a su vez se alimentaron de estas aguas primigenias. Quizás sea este el destino de la poesía de Rosario Troncoso, amamantar la vida de quienes nacen aún con el antifaz de la inocencia. No en vano, después de Huir de los domingos, luego de Delirios y mareas, siguiendo las articulaciones de Juguetes de Dios, Rosario Troncoso se convierte en la poeta de roca frente a las adversidades y frágil ante la existencia, un guiño -señores- que sólo aquellas diosas capaces de ser simiente conocieron ya en la mitología, porque a veces la tierra/ no soporta nuestro peso./ Se sacude. Y en la poesía, como en la vida, no hay vuelta atrás, máscaras de colores corrosivos/ borran todas las huellas y señales/ que marcan el camino de regreso.

El eje imaginario de Rosario parte del dolor, no del padecimiento del sufrimiento ante la imposibilidad de lo necesitado, sino del dolor de lo que brota para llegar incluso a transformar la tormenta en un designio propio de la providencia capaz de lavar con delicadeza el pecado innato del alma humana, como la semilla rasgada de Gibran que nos obsequió con la más temprana alegría. De esta manera no es de extrañar que aves de metal llegaron de lejos/, o que un día, cualquier día,/ a la hora en que se llenan las colmenas,/ sangraron edificios/. Porque detrás de estos designios abisales, la inocencia perdura, aunque el hombre, en su sentida y cegada obscenidad, sea capaz de mantener […] Trozos de un poema/ entre crispados dedos./ […] Y una cicatriz de beso arrancado/ de las mismas raíces/ a pesar del empeño, de quienes por despecho, se obsesionan en hablar en lenguas diferentes tan parecidas como reflejos ante un espejo. Al final, de nada nos vale la existencia sin los demás y el camino, aunque azaroso, nos brinda la oportunidad de dejar nuestro aliento sobre las rosas.

Pero el dolor no es el eje, es sólo su cimiento imaginario, y por ello Rosario Troncoso es el Ave Fénix decidida a mostrar la luz donde la noche se empeña en dibujar espesas tinieblas y caminos cenagosos. Es capaz, pese a haber llegado hasta el maremagno de aguas inconclusas de otras aguas, de no perder los lazos a la infancia encadenándose al árbol de la familia y persistiendo en el sabor de los que olvidaron un tesoro tan necesario como una tarta de galletas, recordando a las bellas hadas púberes, invitadas/ a la hora del café,/ ensayaban bailes en servilletas/. Y al fin la poesía pese a ser nombrada con la boca completamente a oscuras/ y aun pareciendo un decorado barato/ la mayoría de las veces/ finalmente hoy, Ella vendrá a besarte los labios/. Y el silencio del Ave será el renacer de los vuelos.

¿Y al final? ¿Qué nos queda? Sin duda el principio. No hay nada más bello a este respecto. Recorrer el cordón umbilical para desanudar el ombligo y partir de nuevo dibujando el camino a una reciente vida. Una Rosario capaz de permanecer como el tiempo, donde nuestros dedos dejaron sus huellas para nadar en la liturgia del amor. Amor que todo lo inunda, pues si el poeta no es capaz de dirigir los surcos del vientre entre los jadeos de la existencia, de nada sirven los dinteles del paraíso, su voz será el eco de lo que fuimos/ mucho antes del silencio/.

Y si, a pesar de todo, al finalizar las páginas de este libro, no son capaces de contemplar el eje imaginario de Rosario Troncoso, quédense con este pensamiento: dentro de este poemario están las llaves de SU vida, la de Rosario, la de Charo. Las nuestras.

Víctor Alija Castro.

En Granada, durante el frío invierno de 2012.