Hoy tenía ganas de luz, de sol. Aprovecho que el cielo tiene el color que el mar le roba y me siento en el velador del bar de la piscina de mi pueblo. (Ir al bar de la piscina en otoño es hablar del recuerdo a la memoria). Me pido una y abro Resucitar para contarlo.  Y en él comienzo yo a resucitar como lo hace este jueves entre salida y entrada de borrascas. Y leo a Juana la Coja, casi una década después de hacerlo por vez primera. Y observo que Juana no cumple años, década, sino que atraviesa noches. Y lo hace temiendo romper cosas: «Soy (…) un elefante aterrorizado en una exposición de cristal de Bohemia». Juana se ha visto muerta en el lavabo de señoras de un salón de juegos. Se maneja torpe en la culpa y en las explicaciones que jamás debió dar. Y también con torpe soltura en la gestión del perdón. Y todo porque escribe mientras aún resuena el golpe. Ese golpe (al corazón) que da forma a una parte del libro. Que no a toda. Un golpe vívido, salvaje, feroz y devastador. Pero ella sigue (y escribe). En algún lugar inciertamente cierto. Instalada en un minuto de silencio de cuatro años y medio. Y todo porque ella, el amor, se fue. Se fue, como canta Calamaro en un homenaje a Sabina (seguramente dos de los hombres de su vida), dejándole abril en el ropero. Aunque el amor no la ha roto (a diferencia de la Jurado, otro tótem que en su víscera poética anida, vertebra, cimenta). Porque Juana es una tierra fértil en la que anidan y florecen muchas y variadas cosas (Juana es un espejo de mil caras). Y así, o por eso, nos dice: «Esto no es una historia triste. Es un grito con nombre». Sin embargo, es un nombre innombrado el que sobrevuela siempre. Sin caligrafía. Sin sílaba. Sin nombre. Pero habita y puebla esta bienvenida de despedida. Esta sanación con dolor. Y, todo, porque lo que se nombra, existe. Y el desamor requiere de la inexistencia, del olvido. Porque «la memoria es pólvora». Por eso se afea haberse olvidado de ella misma. Pero, sobre todo, Juana afea la mentira («Recuerdo perfectamente la última vez que me mentiste»). Por eso prefiere la verdad a la compañía impostada. Y ya sabe que la verdad, que no es más que el amor, radica en alguien que le posa la mano en la rodilla pudiendo ella alzarse por un segundo. Y todo pese a que siga recordando la risa de ella, de la huida, «cuando todavía me querías». Porque no hay desamor sin nostalgia. Porque el desamor quema todo lo que arde. Pero no quema esa parte de la memoria que es agua. Y es ésa, esa memoria de agua, la que hace que Juana busque a su (ex) amada «entre discos de Enrique Urquijo y manchas de ginebra». Y todo pese a que insista en que no esperaba nada. (Porque el amor no es un santo al que se le rece, sino uno al que se ofrece una votivamente, en sacrificio). Así que para Juana no fue problema caer, sino que «abajo/ ya estaba yo/ esperando». Por eso nos confiesa que «A veces respiro y me sorprende/ seguir viva./ Otras,/ me decepciona». Porque, en todo este poemario, trasluce (y por momentos reluce) esta exaltación de la supervivencia. Aunque sobrevivir no sea poesía (aunque sí poético), sino una «factura sin pagar,/ una braga rota que te sigue quedando bien». No obstante, al crepuscular del texto, cuando debate sin volcar en ti un vino más o acabar el libro y gozar del sueño, lees «No me mataste, hija de puta./ Pero casi». Y te instalas en esto, aunque llegando ya al final, Juana nos diga «cuando nadie miraba,/ volví a romperme con la eficiencia de siempre», porque Juana es una ganadora en la liga del perder.

«Me enseñaron que vivir era intentarlo, pero aquí estoy,/ desarmado con una taza de café y una costumbre rota, esperando que algo pequeño resista». Así comienza el último poema de este libro que, más que libro, es una isla donde naufragar, habitar y comenzar a vivir. Y me lo reafirma el último final del poemario (porque este libro es un vals de finales, una coda constante, un adiós sin despedida) con un «Y aunque no cambie el mundo,/ puedo iluminar la esquina/ donde el día parece rendirse», que no es más que aquel «no ves que hay una luz dentro de mi corazón», de Quique González en Vidas cruzadas.

Leed, por favor, Resucitar para contarlo, que no es más que leer la vida, aquella que es infinitamente finita. Aquella que es tan real porque duele. Porque Juana deambula con amarga familiaridad por entre el dolor. Porque Juana sabe lo que es cerrar bares y encontrárselos cerrados. Hablar de junio en febrero, de enero en mayo. Juana es el último verso de Antonio Machado. Y todos los que no escribió Federico. Una cerveza fría al sol de Amador de los Ríos y un café en la Piazza de San Marco.

Por todo esto hay que leerla. Primero, porque leer es ser en libertad. Y, segundo e igual de importante, porque Juana te escribe versos en tus vértebras. Escribe poemas llenos de cipreses que procuran la sombra de una jacaranda.

Por eso, cuando me sumerjo en sus poemas, me sumerjo en ella. Y ella en mí. Soy ella. Y en ella me yergo y sé del dolor que tuve, del golpe que recibí y de la última vez que no me devolvieron un te quiero. Y soy tan Juana que cojeo, tan Coja que juaneo, tan ella que soy verso suyo. Y, entonces, también, soy luz. Porque, no os dejéis engañar por su tremendismo, en ella hay mucha luz. Porque hay mucha luz tras de quien ha decidido resucitar. Y, más aún, lo ha hecho para contarlo, para hacernos partícipes. Porque la resurrección, que es vivir dos veces, es un compromiso con la felicidad, es querer ser en ella. Ser feliz (no hay mayor ni más complejo verso).

Lean, insisto, la luz que se encuentra al fondo del corazón (de Juana, de Quique, de todos). Que eso es el vivir, encontrar el faro y saber que somos capaces de morir en el intento de llegar a él para no dejar que su reclamo se apague.

Levanto la cabeza ahora del libro y veo el ocre del agua de la piscina, que no es más que el anuncio del próximo verano.

 

En el bar Vuestra casa,

jueves 18 de diciembre de 2025,

Castilleja de la Cuesta, Sevilla