Os dejamos la nota que Luis Miguel León Blanco preparó con motivo de la publicación de Los hilos esparcidos sobre la tierra, de Inmaculada de Pando.

«PRÓLOGO

Los hilos esparcidos sobre la tierra

«La palabra de la poesía temblará siempre sobre el silencio”

María Zambrano

            Si tuviera que elegir entre la memoria y el silencio, no tendría dudas: elegiría la palabra. Porque romper el papel, rasgarlo, limpiar con él las heridas abiertas, las lágrimas, dejar que suene tanto olvido, tanta desazón, tanto miedo…, no está al alcance de todos; tan sólo unos pocos tienen la capacidad y la valentía de hacerlo, e Inmaculada de Pando – esta poeta que sale de su morada – es una de ellas.

            Su poesía ha esperado demasiado tiempo –a mi entender- ha dormitado pacientemente en su propia humildad, urdiendo oficio, hasta encontrar la oportunidad de emerger del mutismo, de romper ese silencio editorial –que no profundo- que a veces vacía su voz en puertos banales, y otras pasa de largo por playas y parajes realmente hermosos e inimitables. Es por eso, por lo que debemos celebrar la existencia de este poemario en nuestras manos, a pesar de su dureza y su halo de tristeza, no exento de esperanza. Porque Los hilos esparcidos sobre la tierra no es un poemario fácil para el lector; no por la dificultad de su exposición, ni por la complejidad de sus poemas, ni por las figuras retóricas que aparezcan, o que no existan, o porque le falte calidad o, sencillamente, poesía, que no es el caso ni mucho menos. Los hilos esparcidos sobre la tierra no es un poemario fácil para el lector porque nunca es fácil acariciar el dolor, el hambre, la muerte, el olvido, la angustia, la vida perdida en la vida, el exilio, la esclavitud, la noche, la razón arrinconada, el silbido de una bala, la mano que, abierta, apunta su dedo inerte hacia un cielo que ya no ve, esperando otra mano.

Con tu pequeña y blanca mano abierta,

con tus dedos de nácar y tierra,

tendido en el suelo, cerca de ella,

miras el cielo y ya no piensas en nada.

            La poeta, desde su juventud, inicia un íntimo y profundo viaje en el tiempo hacia la búsqueda de esos hermosos soñadores de futuro, que llenos de fuerza y esperanza, fueron perdiéndolo todo y tiñendo su piel de color ceniza, de llagas y de sangre. Esa búsqueda, la poeta, la realiza recorriendo las huellas que aquellos aventureros a destiempo dejaron imborrables a su paso: la vieja fotografía casi ajada, el diario de una niña asombrada por el miedo, los registros de las celdas clandestinas, la carta de despedida [Que mi nombre no se borre en la historia,/pedías], las maletas pequeñas en las pequeñas manos, los dibujos de aviones y fusilamientos (La guerra pintada), las crónicas de Hans Landaure, el sudor en los raíles del Transahariano, las lágrimas en el Standbrook. o la luz intermitente entre las rendijas del vagón, del convoy de los 927.

            Los paisajes contemplados desde el presente evocan paisajes enterrados en la memoria, ciudades olvidadas, entregadas a la masacre. Y a medida que transita su camino, personajes e historias anónimas encuentran a la poeta, y así aparece la mágica oportunidad de que sus vidas sean poesía escrita para siempre…

Pedías que el olvido no te olvidara,

con entusiasmo, queriendo acariciar con letras

el dolor de los tuyos.

Inmaculada de Pando ha tenido la habilidad y la sensibilidad de escribir sobre lo que no ha vivido, pero sí sobre lo que ha sentido en su íntimo y profundo viaje hacia tiempos de miedo y silencio; de demostrar que esa simbiosis entre el pasado y su futuro es posible, serenamente, y de agradecer todo aquello que otros hicieron por nuestro presente, a costa de su presente. Esta magnífica poeta sevillana ha sido capaz de resolver, con sus poemas y su delicadeza, una única pregunta que sólo tenía una única respuesta: la poesía.

Cómo trenzar desde nuestro tiempo los hilos esparcidos sobre la tierra.

Luis Miguel León Blanco

Marzo de 2011