Os dejamos el prólogo que Alejandro Luque preparó con motivo de la publicación de Síndrome de ausencia, de Irene Nárdiz.
«VERBO Y CARNE
Mucho antes de que los científicos lograran reducir el enamoramiento a una sucesión de conexiones neuronales y reacciones químicas, los poetas y los artistas ya trataban de abordar los sentimientos desde una dimensión física, anatómica, y no necesariamente genital. Ahora rechazamos estas metáforas como lugares comunes, pero debemos reconocer que algo se estaba fundando cuando Gilgamesh afirmó que la muerte de Enkidu le había dejado “el corazón lleno de angustia”, o cuando un poeta de la dinastía Han –siglos III a.n.e. y III n.e, – habla de “ruedas de carros girando y girando en mi interior”.
Esta corporeidad de las emociones viene relacionada, con mucha frecuencia, con dolencias y patologías. Los casos son infinitos, desde el San Juan de la Cruz que exclama “¡Oh, regalada llaga!” al Borges que confiesa: “Me duele una mujer en todo el cuerpo”. El amor, el miedo, los rencores, la esperanza o el vértigo no están diseminados en el aire: necesitamos localizarlos en nuestro organismo, llevarnos una mano al lugar exacto en que se encuentran y, sobre todo, nombrarlos. Bajo la piel, o en el pecho, prensado entre las sienes o escondido en las vísceras, lo que sentimos late y fluye, secreta humores y se desarrolla, también se atrofia y puede incluso perecer.
Irene Nárdiz, joven poeta sevillana que mira al mundo con ojos grandes, limpios y azules, pertenece a esa tradición en la que lo sensible se materializa para hacerse verbo y regresar, como está mandado, a la carne. Ya el propio título, Síndrome de ausencia, insinúa una respuesta física, una reacción del organismo ante la privación del ser amado. Los primeros poemas son una suerte de diagnosis y, de paso, la constatación “de que los sentimientos/ también se pueden tocar”. En contraste, los versos que hablan de la compañía consumada, del amor correspondido y compartido, no sólo hablan de sanación, sino también de renovados vigores. El poeta convaleciente, enfermo de eso que llaman mal de amores, nada tiene que ver con los amantes victoriosos que, como fenómenos de la Naturaleza, comprueban cómo sus cuerpos “truenan y relampaguean”.
Entre estos dos extremos, la abstinencia feroz e hiriente y la memoria de la plenitud, discurren estos poemas a ratos tristes o melancólicos, pero casi siempre matizados por la ironía, sustancia que siempre ha tenido probados efectos desinfectantes. Por otro lado, la manera de representar la ausencia, de hacer corporal también el vacío, es uno de los asuntos centrales de esta poética. El hueco que deja una persona amada que se marcha o desaparece es un espacio más, y no resulta fácil llenarlo. Por eso nos sentimos acompañados por quienes no están, por eso seguimos dialogando con ellos; por eso el mundo se llena de lugares “donde siempre te llevé conmigo/ pero/ donde nunca estuviste”.
La poesía es la herramienta con la que Irene Nárdiz conjura sus dolores y sus desengaños, explora sus cicatrices y mide sus fiebres, formula dudas y aventura respuestas, rememora y se reescribe a sí misma. Pero también es el ámbito de las complicidades, el lugar donde, a pesar de sus aires a menudo enrarecidos y sus pueriles competencias, “siempre surgen/ abrazos/ que te llevan hasta la luz”. Y eso acaban siendo, al fin, sus versos: cálidos abrazos de tinta, manos tendidas en lo oscuro, eficaces remedios contra la verdadera pandemia de nuestro tiempo: la soledad.
Alejandro Luque»
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