Os dejamos la entrevista que aparece en Ricks Café. Aquí el original.
«Alejandro Lapetra: “Quienes prefieran mantener la intriga que salten a la siguiente pregunta de la entrevista”
2015/03/22

Alejandro Lapetra con su obra La noche de Cronos.
Manuel Carmona Rodríguez
Nos sentamos a conversar con Alejandro Lapreta por su galardonada obra La noche de Cronos (Ediciones En Huida), Premio Extraordinario TFM de la Universidad de Sevilla.
Periodista, escritor, y antes que nada lector y, sobre todo, persona. En La noche de Cronos ha escrito una obra atrevida, asumiendo riesgos y responsabilizándose de ellos, como ya comentamos en esta reseña.
Vamos a escucharlo…
La dedicatoria «A ti, como todo», es sugerente. Dos cuestiones, la primera, por qué a esa persona. Y, la segunda, qué inspiración tiene en Pedro Salinas.
En consonancia con muchos de los elementos y tramas del libro, la idea era que la dedicatoria admitiese —al menos— dos posibles lecturas. Una de ellas, efectivamente, alude a una persona concreta, a mi pareja, a quien debo la agitación de buena parte de las pasiones que luego canalicé y modelé para escribir La noche de Cronos; la otra, en cambio, alude al lector. Siempre me ha resultado curioso que la mayoría de las dedicatorias lo dejen fuera cuando es para él para quien ha sido escrito todo libro. Por mi parte, trato de tenerlo presente en la ejecución de cada frase, en la colocación de cada coma. Como autor, siento por el lector un respeto profundo. El mismo que espero recibir yo cuando ocupo su lugar y el que escribe es otro, sencillamente.
Respecto a la segunda cuestión, no existe en realidad inspiración alguna en Pedro Salinas. No obstante, quizá mi verdadero referente sí esté inspirado en él. Se trata del escritor ficticio Alberto Barrera, que protagoniza el capítulo quinto de la mítica serie española de 1983 Anillos de oro. Hacia el final del episodio, cuando el escritor y Elsa, su musa, ya no están juntos, ella acude a la presentación del último libro de él y al adquirirlo descubre impresa la dedicatoria «A ti». Se acerca al atareado Alberto para que se lo firme y al toparse él entre la multitud de invitados y periodistas que lo asedian con el emocionado rostro de Elsa, toma el libro de sus manos con timidez, se inclina sobre su mesa y completa la dedicatoria: «A ti, Elsa, como todo». Cuando Antonia y yo vimos juntos el episodio en las navidades de 2011, ella me dijo que no se le ocurría mejor dedicatoria para un libro. Ahora, tres años y pico después, me pregunto si no fue quizá entonces cuando decidí escribir uno.
Hablábamos el Día de Andalucía de las falsedades que se esconden tras ciertos hábitos políticamente correctos. Uno de ellos es el imaginario que se ha creado en el que parece que los hombres y las mujeres solo se enfrentan. ¿Qué le dices a la sociedad civil acerca de aquellos hombres y mujeres que sí saben tratarse desde el respeto, la admiración, la colaboración mutua?
Que es la única forma lógica de comportarse. Lo demás es puro despropósito. Pero un despropósito tan arraigado que a muchos todavía les cuesta asimilar el error. Aún tendrán que nacer y morir varias generaciones antes de que logremos un equilibrio real. En los relatos de La noche de Cronos he tratado sin embargo de hallar ese equilibrio, y he intentado hacerlo de la forma más natural posible. Creo aun así que los héroes varones de mis historias tienden a ser más patéticos (quizá porque soy hombre y conozco mejor nuestras flaquezas) y las heroínas más idealizadas. Varios de estos hombres, de hecho, son o esperan ser de algún modo salvados por ellas. Tal es el caso de Leo con Irene, del Niño eterno con la Niña de la ventana, de Ernesto con Daniela o de Jacobo con «Ella». También se da, por supuesto, la circunstancia contraria en otros casos, como el de Jana y Simón en «No hay mañana», por ejemplo.
¿Y a los políticamente correctos?
Seguir el dictado de la llamada corrección política no solo garantiza quedar bien en público, sino que además es muy cómodo y casi no implica tener que pensar. Desgraciadamente, desde que el mundo es mundo, la gente ha adorado repetir consignas y hacerlas suyas. En el extremo más absurdo incluso llegan a tener la sensación de haberlas inventado. Y ello a pesar de que en muchos casos ni siquiera terminan de entenderlas: se aprenden el titular de la noticia pero no han leído el cuerpo; les gusta la portada del libro pero nunca lo han abierto. Se conforman con el resumen que otro les hace. Los totalitarismos y las sectas siempre se han alimentado de gente así.
En el relato «Macaco del azar», subtitulado «chiste grotesco», deslizo una mordaz sátira sobre este tipo de personas, las que se atreven a defender determinadas ideas a capa y espada sin comprenderlas a fondo, simplemente porque se sienten al abrigo de un grupo con el que creen identificarse.
No te andas por las ramas, y muestras madurez afrontando el tema de la muerte y de la otra vida con la obra de teatro con la que arrancas La noche de Cronos. ¿Qué te impulsó a comenzar así la trama y estructura del libro?
Como su propio título adelanta con la alusión a cierto dios de la mitología griega, La noche de Cronos es un volumen de relatos de índole fantástica en torno al tema del Tiempo. A lo largo de sus heterogéneas páginas, el tiempo, el multiverso y los fenómenos espacio-temporales de ambos derivados trazan una especie de hilo conductor que intenta enlazar todas las historias con el fin de proporcionarle unidad al libro. Un libro, por otra parte, que combina narraciones convencionales con teatro, reportaje periodístico, prosa poética, microrrelato e incluso cómic. Tiempo y muerte están estrechamente relacionados desde el hipotético nacimiento del primero con el Big Bang, que desplegó tres dimensiones espaciales y una dimensión temporal de entre las diez que según la teoría de cuerdas posee nuestro universo. Es la propia temporalidad la que determina que (tal vez) todo lo que tiene un principio tenga un final. De ahí que haya decidido comenzar la trama y estructura del libro especulando sobre la muerte y sobre el posible sentido de la existencia humana. De hecho, la muerte aparece como una pieza clave no solo en el primero sino en buena parte de los relatos.
Si te apunto El enfermo imaginario de Molière, qué le dices a los lectores respecto a su vinculación con tu libro.
Que la primera pieza del volumen, la tragicomedia «A la sombra de los cipreses», protagonizada por un personaje hipocondríaco llamado Leo, constituye en ciertos aspectos un homenaje al famoso dramaturgo francés (también, en otros, a Charles Dickens, a Woody Allen, a Samuel Becket, a Nietzsche y a Freud). Recuérdese el tragicómico final de Molière: durante la cuarta representación de El enfermo imaginario, en su papel de Argán —vestido de amarillo, igual que Leo—, sintió que moría de verdad. El telón cayó con precipitación y Molière expiró poco después. A partir de entonces el amarillo quedó, como es bien sabido, maldito en el mundo del arte dramático.
La Eva bíblica disfrutaba con los placeres cotidianos del Paraíso. ¿Qué le pasa a esta Eva de «A la sombra de los cipreses» enfadada con el mundo?
Me temo que no puedo responder a esta pregunta sin destripar la trama, de modo que pido a quienes prefieran mantener la intriga que salten a la siguiente pregunta de la entrevista.
A los lectores que se han quedado les explico: Eva es un alma en pena, un espíritu atormentado por el castigo que para ella supone el verdadero sentido de la vida. Como el espectro Chester le descubre a Leo más adelante, dicho sentido de la existencia se basa en que los muertos, cuando duermen durante el día en sus tumbas, sueñan con sus vidas; pero si bien las situaciones o las vivencias pueden diferir, ya no les es posible obrar cambios en cuanto a las propias emociones o al temperamento, sino que los sueñan tal cual fueron. Por ejemplo, ya no podrán ser alegres si fueron pesimistas, ni valientes si fueron cobardes, ni generosos si fueron avaros. No existen por ende más cielo e infierno que los que ellos mismos se labraron durante su paso por el mundo. Se trata de una interpretación personal de la teoría del eterno retorno de Nietzsche, que venía a decir que la vida que vivimos la vamos a revivir una y otra vez exactamente de la misma forma durante toda la eternidad.
Chester es un alemán que se rebela en español y deja matices en francés, le gusta el ruso. ¿Qué le dices a los griegos y al resto de europeos para estimularlos con ilusiones que se puedan lograr pese a las circunstancias adversas de nuestro tiempo?
Que luchemos por realizar nuestros sueños pese a todo. Que no nos rindamos ni desesperemos, por muy tentadora que sea la autocompasión. Que no tengamos tampoco miedo a enamorarnos.
Si Oscar Wilde y Dorian Gray se toparan con Nietzsche, qué le dirían a Leo y al público.
No tengo ni idea; y creo que nunca podremos saberlo. Pero sí que es posible, dentro de un juego respetuoso, simplificar a estos tres grandes personajes (dos reales y uno ficticio) en sus ideas más popularizadas y aventurar algo:
La criatura de Wilde, Dorian, tenía en común con Leo el temor al paso del tiempo y al deterioro progresivo; sin embargo, lo que de verdad preocupaba a aquel era la pérdida de la belleza, de la perfección estética, mientras que lo que aterra a Leo es el cese de la existencia. Eso sí, en una de las dos interpretaciones posibles de «A la sombra de los cipreses» (la más débil), el espectro Chester es una proyección de los rasgos negativos de Leo, los que le impiden avanzar, y tal vez eso lo tiene en común con El retrato de Dorian Gray, ya que la imagen del cuadro se iba desfigurando y afeando con cada uno de los actos libertinos y perversos de Dorian.
En cuanto a lo que diría Nietzsche, ello nos llevaría directos a la segunda interpretación de la obra (la más poderosa, en mi opinión), estrechamente vinculada con el mito del eterno retorno.
Una pregunta sobre el reportaje, ¿qué sentimiento le queda al niño Miguel por el incidente con el muñeco en el accidente?
Haces referencia al único relato, «Traédmelos con vida», que intercala una pieza autobiográfica entre las distintas historias que presenta.
El sentimiento que le queda al niño Miguel Peralta (yo mismo hace veinte años, pues me llamo Alejandro Miguel Lapetra, y Peralta es el resultado de ordenar de otro modo las letras de mi apellido), es un sentimiento bastante extraño, como extraño fue el accidente mismo. Téngase en cuenta que el padre salvó la vida gracias a un reposacabezas colocado aquella misma tarde; el abuelo gracias a un maletero repleto de rocas de la mina que amortiguaron el golpe; y el propio Miguel gracias a que estaba recogiendo un muñeco del suelo y ello impidió que saliera despedido contra el parabrisas por el impacto. Un muñeco que, curiosamente, al apretar un botón de su mochila de plástico, repetía una y otra vez la misma frase: «Traédmelos con vida».
No se puede negar que la secuencia de afortunadas coincidencias es sugestiva, e inevitablemente lo hace a uno reflexionar sobre la clásica dicotomía entre azar y destino. Quizá algunos de mis cuestionamientos actuales más irresolubles deriven de aquel suceso. Lo único que lamento es haberle perdido la pista al juguete que una vez me salvó la vida.
En otro de los relatos, denuncias este mundo con culpables y cómplices de corrupciones diversas yéndose por ahora de rositas. Dos cuestiones, la primera, ¿cómo los desmontamos en las tablas del escenario de un teatro?
Tal vez una de las estrategias teatrales más efectivas (o efectistas al menos) en estos casos sea la de retratar la situación sometiéndola a una sátira feroz y ridiculizándola hasta el esperpento. No obstante, resulta evidente que criticar esta triste realidad desde los escenarios no supone más que una raya en el agua si no existe un verdadero compromiso y una voluntad de lucha, de transformación y de cambio por parte del grueso de la sociedad.
Por otro lado, ahora que he tenido el privilegio hace poco más de una semana de ver estrenada mi tragicomedia «A la sombra de los cipreses» en CasaLa Teatro, quiero reivindicar también el grandísimo mérito que tiene por parte de los actores y de la dirección el montaje de una obra. Tal es así que solo con el vestuario, la expresión corporal o la música es posible enriquecer la pieza con matices y connotaciones que no estaban en el texto original y que, en muchos casos, se pueden utilizar precisamente para incorporar una sutil pero certera crítica a las grandes lacras de nuestro tiempo.
La segunda, ¿qué hacemos para que no se vayan de rositas con sentencias judiciales irrisorias?
Cualquier entrevistado con una mínima formación sobre cuestiones jurídicas podría responder mucho mejor que yo a esta pregunta, pues personalmente no paso de modesto cincelador de la palabra y contador de historias, aprendiz de muchas disciplinas pero maestro de ninguna.
Alguien cuyas ideas sobre el castigo a la corrupción respeto y suscribo es Baltasar Garzón, quien defendía en un artículo de hace varios años que solo los liderazgos valientes y decididos pueden acabar con el problema, superando la inexplicable indiferencia de buena parte de la sociedad y manteniendo una actitud vigilante e intransigente frente a los comportamientos corruptos. Para una adecuada gobernabilidad son esenciales, claro está, tanto la independencia del poder judicial con respecto del poder político y del económico como la reducción implacable de los espacios para la corrupción mediante la acción coordinada de organismos de control.
Si en alguna medida he de traer el asunto al jardín de los literatos, no puedo dejar de recordar aquella lapidaria aseveración del poeta mexicano Octavio Paz: «Una nación empieza a corromperse cuando se corrompe su sintaxis.»
Cuando recuperaste el cómic El Cazador, que comenzaste a escribir e ilustrar en tu adolescencia, ¿qué permanece de aquella visión tuya de la vida, qué ha evolucionado y qué ha cambiado?
Se mantienen algunos planteamientos, han cambiado muchos y han evolucionado todos. Permanecen los valores, que ya entonces estaban perfilados, y una defensa firme y resuelta de aquello en lo que creo; pero ahora, lógicamente, desde una argumentación más razonada.
El cómic al que haces referencia constituye la primera parte del relato «Mil trescientos trece», que es mitad dibujado y mitad narrado. La historieta consta de cuatro páginas (aparte de la portada). Las dos primeras las dibujé con 15 años y las dos últimas con 26, ya para adaptarlo a La noche de Cronos. La temática violenta y salvaje tiene mucho que ver con mis gustos de aquellos años, que pasaban por la lectura y relectura de mangas como Dragon Ball o Saint Seiya (que todavía me apasionan) y de cómics americanos de Marvel y DC. También era ya, por supuesto, un infatigable devorador de todo tipo de literatura, si bien mis géneros predilectos eran el policíaco y el fantástico.
A día de hoy, el temperamento arrebatado sigue palpitando en mí (si un día se desvanece significará que he muerto), pero estoy orgulloso de poder afirmar que cada vez lo encauzo y domino mejor.
Qué les dices a aquellos adolescentes y adultos que siguen practicando la ley de la selva como modus vivendi.
A esos adolescentes feroces habría que decirles, aunque suene a tópico, que el ejercicio de la violencia no los hará mejores ni superiores a nadie, ni tampoco más felices, sino acaso lo contrario. Explicarles que han de esforzarse por aprender a escuchar a otros, por leer y por formarse, y por asimilar la posibilidad de no estar en posesión de la verdad absoluta sobre nada. Habría que demostrarles, y este supone quizá el mayor estímulo, que un mundo complejo puede ser infinitamente más trepidante y vertiginoso que uno elemental.
A los adultos que siguen practicando la ley de la selva, sin embargo, no tengo la menor idea de qué se les podría decir. Su problema es que no son capaces ya de aprender a escuchar. Mucho me temo que toda palabra se la llevaría el viento. Pero ojalá esté equivocado.
Sobre qué te gustaría hablar que no hayamos hablado.
Sinceramente, he quedado satisfecho con la entrevista, pero puestos a pedir me gustaría que hubiésemos hablado un poco más sobre los temas fundamentales que recorren todos los relatos de La noche de Cronos, como son el Tiempo y el multiverso. También quizá sobre literatura fantástica, que es el género al que pertenece el libro, y sobre la heterogeneidad de discursos y la diversidad de estilos que, con mayor o menor fortuna, lo caracterizan. Pero bueno, siempre habrá tiempo para hablar de estas cosas y ahora lo que toca es ir cerrando.
Al paciente lector que ha llegado hasta el final quiero dejarlo con las dos citas que abren el volumen, las cuales apuntan a grandes rasgos lo esencial de la obra y son probablemente mejores que cualquier cosa que yo pueda escribir: «Hay otros mundos, pero están en este»; «Adán y raza, azar y nada». (La primera es de Paul Éluard; la segunda, anónima).
https://www.facebook.com/lanochedecronos?fref=ts«
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