En este poemario hay pasión, pero la com-pasión se dosifica y se reserva sólo para aquello que realmente vale la pena. Hay realismo y hay crudeza, pero no para conducirnos hacia la desesperación, sino hasta la reflexión y el recuerdo, hasta ahondar en la experiencia propia y colectiva en una ciudad innominada, fácilmente adversa, pero trabajadamente favorable para poder sobrevivirla.
Una alegoría, en fin, sobre lo contemporáneo, plasmado en esa ciudad que se torna angustiosa para el ser humano. Es una alegoría de tonos inquietantes, entramados simbólicos, con silencios muy significativos y contrapuntos armónicos para andar por caminos metafóricos con una aparente facilidad.
El poeta nos la presenta sin adornos ni ocultaciones, aunque sea capaz de hacerlo metafóricamente en imágenes que encuentran la belleza allí donde parece inverosímil. Para ello, Rodríguez zarandea las palabras para sacarles todo el potencial, todo el significado, todo el jugo. Una secreción que puede resultar algo amarga porque se realiza entre ficciones sociales, con aires surrealistas a veces y siempre con la atracción por paisajes un tanto desolados, desestructurados y marginales, donde a pesar de todo el amor lucha por hacerse un hueco, un refugio.
Es una propuesta reflexiva para aportar al lector un antes y un después de su lectura, para sacar sus propias conclusiones, quizás para conocerse un poco mejor. Una propuesta que muestra una supervivencia psicológica sin dramatismos, pero con una especial lucidez para recorrer las calles, el tránsito de la gente, el tráfico, el recuerdo, el paso del tiempo, el amor, el ambiente que grisea y que nos envuelve. Así, plantea retos al lector al hacerle partícipe de su propuesta: si el poeta arriesga, el lector también deberá hacerlo, y no podrá ser nunca un testimonio impasible o poco activo.
En definitiva, la ciudad como paisaje, como telón de fondo, escenario gris y oxidado de una deshumanización progresiva de un espacio que, quizás, nunca fue del todo humano. O, peor, quizás es que lo humano sea así… La inquietud que nos queda es que el lector todos nosotros también puede convertirse en anónimo en esa Ciudad sin nombre.
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