Josefa Parra

Josefa Parra – Materia combustible

Josefa Parra, Materia combustible, Ediciones En Huida, 2014.

Por José Antonio Mesa Toré

El 14 de octubre de 2010 Josefa Parra dio una lectura de su obra poética con el título El cuerpo del delito en uno de los bares de atmósfera y tradición más artística de nuestra ciudad, el Emily. Entonces como hoy, me correspondió, trabajo siempre gustoso, acercar al público la poesía de la autora de Jerez; o, dicho metafóricamente, apilar los leños para que acto seguido la voz de Pepa encendiera la noche con la belleza y el vigor de sus versos. Como no se trataba de la presentación de un libro sino de un recorrido plural por su ya fértil obra, la lectura acabaría con un adelanto del poemario en el que por aquellas fechas estaba concentrada y que es el que esta tarde, casi cuatro años después, aquí se ofrece a la consideración de los lectores.

Entre otras reflexiones, afirmé entonces: “La poesía de Josefa Parra, que se escora apasionadamente desde su primera entrega (Elogio de la mala yerba, 1996) hasta hoy mismo (con su libro en construcción Materia combustible) hacia una hermenéutica del Amor, tiene el mérito de contemplarlo e interpretarlo en su enorme y delicada complejidad. Gracias a los muy variados enfoques y perspectivas de sus poemas y a los múltiples y finísimos matices que aportan las palabras elegidas, las mil y una caras del Amor quedan retratadas y desveladas –unas veces en trazos realistas, otras en pinceladas surgidas del sueño- en versos que abarcan desde la celebración del encuentro carnal al triste naufragio de los sentimientos; desde la consumación al olvido; desde la fervorosa llama a la humeante ceniza”. Y dije también que “tiene el Amor su doble, que comos todos los dobles parece idéntico al modelo pero es en realidad distinto: el Deseo”, lo que provoca una duda muy humana y comprensible en la voz poética:

 

“Porque acaso el amor

solo sea una forma del deseo,

o el deseo cualquiera de las múltiples

maneras del amor,

no es raro que confunda

tu codicioso cuerpo con tu alma,

o los rincones puros del afecto

con los de la apetencia”,

 

escribió Josefa Parra en un conciso y memorable poema.

 

Aquellas palabras mías de 2010 acerca de los mimbres con los que se había trenzado la obra que hasta entonces nos había entregado la autora, la publicada y la que estaba en esos momentos en marcha, creo que tienen validez para Materia combustible, y es por eso por lo que he querido volver ahora sobre ellas. No en vano fueron escritas pensando en los distintos títulos editados pero también en el ramillete de textos que nos había adelantado Josefa Parra de su libro en construcción para el cuaderno impreso con ocasión de aquella lectura por el Centro Cultural Generación del 27. Recordarán que ya hablaba yo de que sus versos abarcaban, entre las posibles caras del Amor, desde la fervorosa llama a la humeante ceniza, en clara alusión a sus por entonces poemas últimos.

Materia combustible ahonda pues el surco labrado con acierto por la voz poética de Josefa Parra en dieciocho años de ejercicio. ¿Quiero decir con esto que Materia combustible es una repetición sin más de sus libros anteriores? No, en absoluto: es cierto que incide en el tema central de su poesía, el ya citado del amor enlazado siempre con el deseo. Uno y otro, amor y deseo, copan la totalidad de los textos de este nuevo título, siendo el pedernal que los enciende. Pero hay aquí, como cosecha que dan los años vividos, una mirada de madurez a la que no se le escapan las luces y las sombras innatas a la entrega amorosa. Es una mirada más grave y desconfiada, más resabiada si se quiere, que ahora sabe, como se nos dice en el poema final (“Lugares de paso”), “que el amor es un lugar de paso”; o que ahora sabe distinguir entre un amor que no se ha usado nunca y, en consecuencia, no se agota, no sufre y “el amor de a diario, el de costumbre,/ [que] se ensucia con el roce de los días,/ se empobrece y se achica, y ya no duelen/ sus heridas, no queman sus incendios/ ni dan motivo al llanto o al poema” (“Ese amor”).

 

Esa mirada, más penetrante por estar bien instruida en los lances de amor, ya no es solo de celebración sino que está también velada por las lágrimas, por pérdidas y derrotas, por nostalgia de lo que ardió y es hoy únicamente ceniza. Amor rima con dolor, ¿no? La madurez que da el conocimiento se transparenta, además de en las emociones encontradas, en los sentimientos contrarios que dan origen a los poemas, en la medida estructura del conjunto. Materia combustible se divide en tres secciones tituladas con premeditada intencionalidad fuego, cenizas y fuego. Cada una de ellas se compone de 11 poemas, lo que da una suma total de 33, número cargado de simbolismo.

 

La primera sección, que arranca con un par de recreaciones mitológicas (poemas “El vuelo de Ícaro” y “Ariadna recuerda”; la utilización renovada del mito es un rasgo usual en la producción lírica de Josefa Parra, como ya señalé en mi primera presentación de su obra), pone de manifiesto la certeza de que el amor, el deseo son una fatalidad –sin duda, placentera y vivificante como ninguna otra para el ser humano- pero al fin y al cabo fatalidad ante la que de nada nos sirve negarnos puesto que siempre acabará arrastrándonos a su voluntad. El ser humano, los cuerpos prestos a la llamada del amor o del deseo, aunque sean conscientes de su lado oscuro o tóxico, de su irremediable caducidad; aunque sospechen que cualquier placer genera en sí mismo el castigo, no pueden resistirse a arder hasta la consumación absoluta en los brazos del sujeto deseado y deseante. Desafiante, la poeta inicia su libro con una interrogación retórica dirigida a un dios padre: “¿Hace falta equipaje/ más allá del fervor?/ ¿No basta con las alas del deseo?”. Desafiante hasta el punto de atreverse a asegurarle a ese dios que arder en tal pira no es suplicio sino motivo para su envidia. Porque vida sin amor no es vida pese a que en él planee la muerte.

 

Necesario es detenerse en el tercer poema de esta sección, que trasvasa su título al libro, y que nos desvela que la materia combustible no es otra que el cuerpo y el alma del hombre, del ser humano. Es verdad que el paso implacable del tiempo marchitará la gracia y la luz del fuego sagrado del amor (“Rosas en el salón”). A ese tempus fugit, a ese agotamiento de la llama que arde, la autora parece oponer la eternidad de la belleza, aunque solo se conserve en el territorio del sueño (“Persistencia de la belleza”); o bien, para que el fuego no se apague opta por negar el amor en versos que, sin embargo, traslucen cuán utópica es esa negativa.

 

La segunda sección, la titulada cenizas, da paso al canto elegíaco. Es el inventario de los desastres de las batallas de amor; el rescate de los restos del naufragio; la lenta sanación de las heridas que condecoran la piel de los amantes. La mirada se extiende ahora, entre amorosa y nostálgica, sobre un campo de cenizas humeantes, y va anotando las pérdidas en un lamento susurrado: “¿Es mentira que todo termine?” (“Semillas”), mientras la vida parece sumida bajo un invierno que da la impresión de prolongarse en las demás estaciones. Ya lo señalamos antes: “el amor es un lugar de paso”. Debido a esta constatación, es el deseo quien ahora impulsa una batería de frases condicionales, de estructuras desiderativas repartidas en poemas como “Sobre mis pasos”, “Nostalgia del verano”, “Y si ahora”, “Pide un deseo”, “Una vez”…

 

La tercera y última sección vuelve a rotularse, como la primera, con la palabra fuego. Esta repetición, que como el Ave Fénix (un nuevo regreso al mito) del penúltimo poema de Materia combustible, nos informa de que aquella maravillosa fatalidad a la que llamamos Amor resurge, siempre resurgirá de sus cenizas. El ser humano, esa es su condición y ese su destino, una vez probado el deseo, el amor, irá de fuego en fuego. Fuego rima con ciego. Y en esa hoguera, en esta parte última, lo que brilla con insistencia cegadora es el valor de las palabras (así en poemas como “Agorero”, “David o la permanencia”, “Jardines paralelos”, “Otro 29 de abril” y, más claramente que en ningún otro, en “Sí valen”). La palabra poética asegura que del pedestal salte otra chispa, que el recuerdo del cuerpo deseado o de la persona amada se preserve en el tiempo, o que “la huella dure más que el camino” (“Lugar de paso”).

 

Somos materia combustible porque ardemos en deseos de arder en el roce con otro cuerpo, con otra alma. Arder rima con piel.