Os dejamos la nota que Josefa Parra preparó con motivo de la publicación de Ulises desconcertado, de J. M. Barbot.

«ULISES O NADIE

“Ulises no es nadie sin el mar”. Ese Ulises que todos somos o hemos sido (a sabiendas, enconadamente, o por obra del caprichoso azar), ese navegante que vive en nuestra sangre, “vencedor y vencido”, viene a revisitarnos en las páginas de este libro que tienes en las manos, lector (oh, lector, que le cuadra el vocativo a las peripecias odiseas) y a recordarnos esa aseveración.

No sabe Ulises pasarse sin las travesías peligrosas, sin los embates de la tormenta y los acantilados donde el navío sin duda se estrellará. Ni tampoco sin los violentos placeres de Circe, sin la adoración de Calipso y sin el reclamo incitante de las sirenas. Al mar y cuanto en él habita, le debe su aventura y su leyenda.

Definitivamente, “Ulises no es nadie sin el mar”.

Pero –ay, amigo lector- “tampoco es nadie / sin Penélope”. Barbot, tomando prestada –como tantos han (hemos) hecho- la voz común del héroe, nos habla de esa dicotomía que lo (nos) desconcierta. Entre el camino que nos fascina y la meta que sigue instándonos a volver. Entre el deseo presente y el deseo futuro. El mar y el hogar, tensando la cuerda de la existencia, y el poeta en el centro, dirigiéndose hacia el uno o hacia la otra, incapaz de la elección. Desconcertado. Desnortado.

En este hermoso poemario donde el deseo y el amor guerrean contra el ansia de aventura y de conocimiento, parece que las manos de Penélope -y el miedo de que la distancia y el olvido consecuente la transformen en otra – tiran finalmente de la cuerda para que el poeta navegante recupere el camino a Ítaca.

Podría haberse tratado de otra Odisea con final feliz.

Pero todos sabemos (no en vano hemos sido Ulises) que quien se enfrenta y convive con los dioses, ya no vuelve a ser el mismo. Tras las aventuras del viaje, somos un amasijo de otros seres; de pieles y salivas diferentes; compendios de múltiples lugares y ciudades: “nuevos nombres / que se me hicieron cotidianos, / se me metieron en las venas / y debajo de los párpados”. Ni el amor de Penélope, a la postre tan frágil, alcanza a completar nuestra apetencia. Y Ulises o Barbot, poeta encallado, se mira en el espejo, no se reconoce, y comprende que ha de buscar su propio rostro, su historia propia, que no es la que trazaban los dioses en su travesía, ni la que Penélope tejía en su tapiz mudable, sino la suma de ambas, y la de las otras historias que aún han de ser escritas. Pero, sobre todo, es la que ya empieza él mismo a escribir, con la misma tinta con la que escribió el amor y el naufragio.

Y entonces entendemos que Ulises no es nadie sin Ulises.

JOSEFA PARRA»