Os dejamos la nota que Pedro Luis Ibánez Lérida preparó con motivo de la publicación de Memorial de silencios, de José Antonio Santano.
El designio de lo inasible que es don de levedad
Un ser humano respira a otro ser humano. Entre sístole y diástole hay un canto que reverbera el aliento de aquél. Lo lleva consigo en la doblez que sólo las emociones arbitran. Es el juicio visceral de la cotidianidad que nos encamina a ese lugar de asomo, al que retornamos para procurarnos alivio y resistencia ante el día a día incendiado de vacua e insospechada indolencia. De esa manera socavamos la frecuencia exacta del círculo que las manecillas del reloj recorren incesantemente. Es la línea del tiempo definida por imperceptibles momentos que tejen la biografía de los días en la estancia de lo íntimo. Con la paciencia de la gota que horada la piedra y finalmente la atraviesa, el devenir nos alcanza de improviso, con el equipaje aún pendiente de completar sobre la cama, seleccionando la indumentaria que nos revista de su protección. Y que no es otra que la memoria reflexiva. La dualidad complementaria de este talismán, confirma el contumaz hecho con el que José Manuel Caballero Bonald recapitula y titula a su poesía completa: «Somos el tiempo que nos queda«, pero también la fidelidad de la palabra que se obstina en ser tiempo detenido.
La palabra poética posee la afirmación rotunda de ir al encuentro premeditado de sí misma. Ser la búsqueda intrasigente de la veracidad y estar en el corazón mismo de ésta. No titubea en explorar y discernir en la siempre trayectoria errabunda y vaga que supone adentrarse y describir la cartografía del alma que zozobra entre luz y sombra. De ahí que como afirma André Bretón el cumplimiento de su ideario -de la palabra incardinada al otro- sea exclusivamente «Practicar la poesía«. Es decir, atender a su mensaje de revelación y agnición. Rehusando sin tibieza de lo superfluo y en la consideración del reencuentro con el otro que implica la depuración de los signos y la aceptación de la realidad profunda que indefectiblemente nos vincula.
Memorial de silencios es un balance de situación enmarcado en un itinerario personal del autor, cuyo paisaje emocional se nos desvela a través de un acendrado lirismo. Las bellísimas imágenes conjugan la exquisita prestancia y presencia del tiempo, su inexorable paso y el inventario de pérdidas, que comportan la secuencia trascendente como rumoroso eco de los pasos que se alejan. Los puntos cardinales de la obra se orientan hacia cuatro direcciones. El primero, La casa, nos abraza con la respiración de la ausencia entrecortada. Es el tacto que refiere los muros familiares. El refugio que permanece intacto, indeleble y sobre el que se vuelve para confraternizar con el que fuimos. Quizás en el justo momento en el que las confidencias personales son motivo de vencimiento y decadencia. Trémulos los pasos sobre el lugar que fue acomodo de resonancias, advertidas ahora en la evocación consciente que delimita la vertical introspección del que ahora es extraño en su propio lar, donde antes fue pulsión. Ahora se reconoce en el mortal destino que es mortaja de amor, remembranza de quienes le precedieron, la polifonía del silencio en los perfiles mudos de sus propios labios, «A la casa del padre vuelvo ahora / después de haber vivido en cada muerte / mi propia muerte. Nada me retiene / porque nada poseo, soy la sombra / de mí mismo alargada al infinito (…)». En la segunda, La oficina, acentúa la perpetuación del marasmo que supone la actividad laboral y que humedece un tercio de nuestras vidas, cercenando nuestras aspiraciones más alejadas del materialismo. El espíritu atenazado por la pesarosa rutina que cruje en los labios tras la lluvia, «He vuelto, como cada día he vuelto / para enterrar los chopos bajo el rostro / de los sueños, la estela del pasado, / el vuelo de las manos en otoño«. En la tercera, La calle, el indómito deseo de no pertenencia inflama ese sentir apátrida que rememora el edén perdido, y que ahora sueña en los ojos cansados. Subyace un presagio que alienta el derrumbamiento, el desanimo, la hipócrita convicción de salir indemne, de lamer la herida que supura el verso en tono elegiaco, «Mientras tanto, en la calle resplandece / la infancia a golpes secos de silencio / de otra calle más triste y abisal / donde jugaban niños que eran sombras / en los dedos del bronce y las mañanas / de domingo, en los párpados del luto, / en el hiriente vértice del llanto / inextinguible y fiero de las noches / que el corazón latía en la garganta«. En la cuarta, La alcoba, el pronunciamiento existencial enerva la interrogación sobre nosotros mismos. Es el veredicto de los años y el desvalimiento que nos embarga y hace adictos a la añoranza, a ese sino malogrado que el poeta esclarece en la sintonía más átona, y no por ello menos sentida, que proclama la autenticidad de su cántico henchido de inconformismo, «Y me pregunto entonces cómo y cuándo / sucedió que no vi signo ninguno, / señal que me anunciara esta derrota, / este inmenso fracaso de estar vivo, / esta culpa voraz que me consume / la vida y me devuelve cada muerte / que el aire esculpe cierto en las ventanas«.
José Antonio Santano sostiene en su mano el pábilo en el que prende la generosa y luciente llama poética, con la que ilumina y revela el arcano ritual de esta hermosa y fecunda obra. Su palabra es seminal propósito de perseverar en la mansedumbre de ésta que, silenciosa y sigilosa, penetra hasta el recóndito espacio donde halla su genuino cauce de luz para, a continuación y sin dilación, desembocar en el patrimonio insobornable del lector donde vierte su esencia. El poderoso endecasílabo que emplea el poeta baenense, categoriza la excelencia del ritmo y el acento con los que dota a la lectura de grácil flexibilidad. Una obra de elocuente y exquisita sencillez que abunda en la transparencia, territorio en el que la fragilidad se nos procura como don para nutrirnos de belleza consciente como señalara Juan Ramón Jiménez.
Pedro Luis Ibáñez Lérida
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