Os dejamos la nota que Carmen Leal Ortega preparó con motivo de la publicación de Lo que el tiempo nombra, de Florencio Luque.

«Sigo pensando

que es otra cosa la poesía:

una forma de amor que sólo existe en silencio,

en un pacto secreto entre dos personas,

de dos desconocidos casi siempre.

José E. Pacheco,

Los trabajos del mar (1979-1983)

                Los primeros poemas de Florencio Luque vieron la luz en la revista digital El fantasma de la glorieta. Su director, Félix Morales Prado daba entrada en el número 21 de enero de 2013 a siete poemas de un primer libro titulado El tiempo nos deshace. En julio de ese mismo año, en el número monográfico Viajes y Paisajes, dedicado a la memoria de Félix Morales Santos, aparecían tres poemas más de nuestro autor: El viajero, Acariciar viajes y Único viaje.

Sin duda, Félix Morales y los lectores de los dos números citados de la revista nos encontrábamos con un poeta desconocido pero no novel; estábamos ante una poesía sólida, lúcida, profunda, con voz propia y personal. Esta impresión inicial se confirma y se reafirma hoy en los treinta y cinco poemas que el autor ha seleccionado para la edición, ya en papel, de la  Editorial En Huida bajo el título de Lo que el tiempo nombra.

El tema de estos dos libros, como ponen de manifiesto  sus títulos, y de la mayoría de los poemas,  es el tiempo. En torno a éste,  giran todos los demás : la memoria ”¡Cómo canta el agua de otro tiempo!” o “¿Qué importa todo la que he vivido?”; la infancia “¡Oh remoto tiempo donde solo existía el presente!”, el deseo “Poséeme: habla por mi boca;” o “Llego a la noche”, el dolor “Dame, tierra,”, la soledad “Solos./Como isla en su abandono azul.” o “Mi soledad está encendida de pájaros.”, la falsedad, la impostura “Vuelve a casa prometiéndose cerrar todas las ventanas,” y también el ser,  la ausencia, la palabra, la poesía, el amor . Todas, cuestiones esenciales que, “tarde o temprano”, conducen al tema de la muerte, inevitable, necesario; así dirá, por boca de Virgilio, Hermann Broch  al referirse a la poesía en su novela La muerte de Virgilio: “la más extraña de todas las actividades humanas, la única que sirve para el conocimiento de la muerte”. Tiempo y muerte inseparables, presentes, latentes en todos los poemas  de Luque: “Somos tiempo/ y menguan nuestras horas en él;”, “Todo será silencio,” o “De la vieja muerte”. Poesía, por tanto, de reflexión, de desentrañamiento, que parte de la perplejidad ante lo que es, ante el mundo. Una poesía lúcida, del que ha despertado, del que no se deja engañar, de quien busca la verdad. Se trata, por tanto,  de una poesía filosófica –la formación del poeta, su actividad profesional están ahí…– , pero es una poesía en la que el pensamiento siente, duele, sangra. Los versos de Luque son profundos, inteligentes, pero, a la vez,  están vivos, palpitan, gozan y se duelen. La poesía como forma de conocimiento y expresión del sentimiento: “…de pronto las cosas adquieren un lugar desconocido, seductor y melancólico. Me instalo en la perplejidad de sus orillas y aparecen con un aire de fugacidad y trascendencia. Es en esta contradicción donde emerge el vacío y el dolor. Que todo exista alzando los brazos a su desaparecer: el niño, la rosa, un inocente perro; nosotros. Reclama todo eternidad, persistencia y solo aguarda la noche…” Qué mejor que este fragmento en prosa del propio autor para ejemplificar, con una belleza igual a la de sus versos, su actitud. Su reflexión se tiñe de dolor y de melancolía mediante un lenguaje inteligente y bello.

En cuanto a la forma, destacaría la espontaneidad, la naturalidad con la que surgen estos poemas, la propiedad y riqueza  con que se expresan. Conozco a Florencio desde hace años, muchos, somos amigos; sé de su manera de crear; la mayoría de sus versos -como su prosa, su conversación- brotan  por arte de magia –dice él. Fogonazos, destellos; “salen” solos, “de corrido”, “de un tirón”, “como si fuera otro el que me los dictara”. Y esto es así, no sólo en los poemas breves; que, de golpe, como instantáneas, capsulan la totalidad, deslumbrándonos con brevedad y sencillez “Soy noche/ y ninguna estrella me basta.”; sino también en los poemas más largos y, aun, en aquellos que pudieran resultarnos más complejos “Poséeme: habla por mi boca”, “Locus Amoenus” o “¿Qué importa todo lo que he vivido”. Con todo, hay un predominio del poema breve, más acorde con su forma de hacer poesía. Por otro lado, en  sus poemas se combina lo culto y lo popular; lo cotidiano convive con lo especializado, se intercambian, se mezclan los registros “Todas las mañanas,”, “Todos errantes sobre la tierra”, ”Ahora, un alegre tropel de palabras”, “Este inquietante silencio,”. Abundan los recursos, las resonancias –que son coincidencias- filosóficas, literarias, musicales, pictóricas…

En fin, he de callar. La poesía no necesita explicación, ni prólogo. Le recomiendo, amigo lector, que se lo salte. Quédese a solas con los versos  de nuestro poeta y hágase el milagro de la poesía.

Llamo poesía a ese lugar del encuentro

con la experiencia ajena. El lector, la lectora

harán o no el poema que tan sólo es esbozado.

No leemos a otros: nos leemos en ellos.

Me parece un milagro

que algún desconocido pueda verse en mi espejo.

  José E. Pacheco,

 <Carta a George B. Moore en defensa del anonimato>

                                           Carmen Leal Ortega. 

                                           Licenciada en Filología

                                          Profesora de Lengua y Literatura. «