Os dejamos el prólogo que Tobías Campos Fernández preparó con motivo de la publicación de la 2º edición de Interiores, de Ana Isabel Alvea Sánchez.

«PRÓLOGO

De la sencillez esencial

Tras su participación en dos libros colectivos – Arde en tus manos y Mar de por medio– Ana Alvea nos propone desde Interiores, su primera incursión poética en solitario, acercarnos a los caminos del recuerdo, de las preguntas y del álgido feudo del amor. Todo ello, en gran parte, con un lenguaje directo, cómplice, y de una sencilla intensidad que no necesita pedirle a las palabras adornos innecesarios, florituras que le separen de buscar sentido o niebla a través de la niebla o el sentido que la poesía es.

Junto a esta desnudez sin abalorios hay en su escritura dos elementos, dos formas de decir importantes: por un lado el tono realista, a veces narrativo, muy bien sustentado desde una coloquialidad que nunca se deja seducir por lo superficial, sino que reclama vuelo  y altura, despegar del detalle para llegar crucialmente al detalle, al matiz revisitado desde toda su tensión y fuerza evocadora. El segundo elemento que resalta en sus versos es un gusto finísimo por el quehacer minimalista, por la leve expresión al servicio de lo sustancial, por sus poemas de respiración breve y latido profundo, anhelando las síntesis, el aleph donde apenas unas palabras posean la tentativa de conmover al universo, sugiriéndole algún desvelamiento. Todo ello fértilmente regado por una impronta testimonial que añade savia y temperatura al poemario, escribiendo sobre vivencias que alimentan y se alimentan de lo diverso que palpita en el río universal.

Ana divide el libro en tres partes: en la primera, Surcos,  se aproxima a la memoria, a los recuerdos, y lo hace como la realidad misma se concede, desde múltiples perspectivas, sin temor a que sean contradictorias entre sí, pues sabe que esa contradicción, si surge, es sede germinal. Despliega aquí el pasado, sus zonas de dolor y conciliaciones, de brumas, de aprendizaje y de nostalgia. Así, esta sección abre su voz diciéndonos: “¿De qué sirve rememorar/ el origen de tu vida /que siempre te queda grande/ y te derrota?”, poniendo en tela de juicio la labor de recordar; aunque pronto la autora se da cuenta de que es allí donde se encuentra la identidad y la experiencia del trayecto que somos, y escribe: “gira la cabeza y mira, / mira hacia atrás”. En otro momento-poema nos habla de lo difuso del recuerdo, de la lente emocional que cada uno ponemos al acceder a él y que quizás haga muy difícil que nos llegue con un atuendo nítido: “¿Puede atraparse en ellos la verdad?”. También se aborda en esta parte la posibilidad de conciliarnos con el retrovisor, hacer las paces con los días trascurridos: “Un día despiertas/ y te mecen las olas, /ese pasado y su dolor / se han desvanecido”, “Entro en la casa de mi niñez…../Los pájaros se posan a cantar/ en  sus ventanas” o “Contemplo lo que fui…../Al volverme, una bandada de gaviotas/ alza su vuelo”; y cómo no, la persistente nostalgia, el grito callado del retorno inaccesible; nostalgia por la osadía de los instantes jóvenes: “jugábamos con los ojos vendados….”, reivindicando, en este sentido, hacer surgir de nuevo en nosotros y nuestras manos ese ingenuo estado de disponibilidad: “Deja que se pose en la piel/ la algarabía de entonces, /que se derrame en la frente/ el elixir de los días”. Memoria pues de la que, oscura o luminosamente, formamos parte y que debemos saber transitar como alumnos y maestros que intenten armonía donde asome tempestad.

Es la segunda sección, Al final del día, un variado inventario de temas que le incumben a nuestra poeta y a todos nosotros por ser cuestiones eminentemente humanas. Así, entroncando con la parte anterior, en ésta se comienza abordando el tiempo subjetivo, la abundancia de horas devoradas en las primeras edades y cómo esas horas van adquiriendo velocidad y mengua frente a nuestro deseo de aminorar su tempus fugit: “Atrás quedaron aquellos años/ cuando lo sentías rebosante ante ti…./Pero ahora corres detrás, / en una lucha desarmada…” Y al igual que los minutos no se detienen, en el poema El joven doliente la tristeza mayor tampoco cesa, apoderándose del protagonista sin tener en cuenta su juventud ni su belleza: “y solo sientes la noche/ triunfante/ sobre tu juventud y hermosura”. Otra de las constantes en este lugar del libro son la inutilidad de muchos de los gestos y actitudes del hombre, reflejándose a la perfección en el mito de Sísifo del poema Destino humano o en el poema ,Ardua labor; y es que estos intentos del hombre se ven atrapados por la confusión y por la monotonía, por el discurso de la obediencia que nos destierra de nosotros a un exilio de uniforme conformidad: “Era preciso/ extirpar los pájaros de la cabeza/ sacarlos del centro/ no escuchar su canto/ ignorar su vuelo.”; aunque según la autora nunca podrán del todo arrancarnos la resonancia de cierta rebeldía: “…pero el pájaro continúa,/ dentro, revuelto.”; dentro de estas tentativas humanas entregadas a los límites, también el arte y la angustia que a veces le acompaña quedan espléndidamente reflejados en Cuervos sobre un campo de trigo en el que estos cuervos una vez pintados se abalanzan sobre Van Gogh.

Acompañantes del hombre en sus periplos son el azar, cuya presencia no puede impedir pese a la más extrema habilidad o técnica: “El jugador mide la distancia/ sitúa con precisión su taco/….Nunca hay garantía de acierto.”; y el miedo, en este caso a lo inmutable, bellísimamente expuesto en el poema Quietud, cuando la poeta se levanta temprano, aún de madrugada, y le atrapa la sensación de la continuidad, donde es imposible cambiar los muebles de lugar en la casa o en el mundo. Y así siguen sucediéndose en esta sección otros temas: las idealizaciones, las incertidumbres, la literatura, los aprendizajes…Todo ello desde la perplejidad y las ganas emocionantes de seguir: “Y continuo cantando en la niebla, /o sin cantar”

La última parte del libro, En el encuentro,  nos lleva al área decisiva de dos seres que se miran y se besan sus nombres hacia el futuro, territorio pues del amor en sus distintas vertientes, en su extrema sucesión de matices como la pasión “Será que fue un tiempo/ de lluvias torrenciales….”; los aportes de cálida novedad: “Alguien llega a tu vida,/ remueve la arena caliente”; la deseada perduración de las sensaciones amantes: “Como si hoy/ volviera a nacer/ y te encontrara”; el refugio frente al viento de las preguntas y las heridas: “Nadie me responde/….En su cuerpo me abandono/ a unos dulces sueños”; el homenaje a los instantes máximos: “La belleza/solo aparece ante nosotros/ en su justo momento.”; el sereno placer de la cercanía: “Horadado el muro de la distancia,/ una -a- una van abriéndose/ las aves del paraíso”; la embriaguez que produce los mutuos licores: “…dos cuerpos desnudos/ bebiéndose el uno al otro”; la unidad de naturaleza, realidad y amante: “un paisaje sereno:/ el mar, tu cuerpo”; o el eterno deseo de detener en un espacio y un tiempo únicos los cruciales estados del amor: “que todo lo impregne/ el difícil arte de vivir,/ que se detenga este instante”. Amor como estancia y como vuelo, como ideal y como piel, como intensidad y como nacimiento de nuevo a la luz.

Interiores es un libro, en definitiva, que nos revela a una poeta con gran intuición para lo esencial y múltiples intereses de búsqueda, con numerosas preguntas abiertas cruzando su paisaje humano, y con la valentía de mirarlas frente a frente desde sus palabras. Un libro que mira asombrado la sencilla complejidad que le rodea y nos entrega, desde su afinada sensibilidad, ese humilde asombro, esa humilde tentativa de conocer y sentir.

                                                                  Sevilla 6-9-2010

                                                                  Tobías Campos Fernández»