Os dejamos la nota que Antonio Guerrero preparó con motivo de la publicación de La primera persona, de Emilio Picón.
«Prólogo
Antonio Guerrero
Decía Marx que el ser humano era un proyecto inacabado e incompleto. Añadiendo mi acento apuntaría que ejercer de humano es una actividad imprevista e inédita que no nos conduce a ningún verbo final y que solo nos deriva hacia la incomprensión de nosotros mismos. Dicho de otra forma, se termina convirtiendo en aventura inevitable hacia los vacíos y grietas que nos hacen seres singulares, pero indefinibles. Y es que ser autoconsciente es una tarea demasiado compleja como para acertar a la primera, por lo general solemos equivocarnos con mucha más frecuencia de la que reconocemos. Ser quienes somos suele pasar por una serie de fases llenas de automentiras y estereotipos que nos acercan y pierden en el juego social. Es la supervivencia emocional quien manda y el caballo de la concupiscencia el que da órdenes a la razón de nuestra cultura platónica. Nuestro viaje autoconsciente pasa momentos bélicos y repletos de asedios internos. Muchas veces nuestra lógica humana se enfrenta a ese mundo absurdo y contradictorio donde decimos vivir.
Este libro es un buen ejemplo de ello, de la irresolución de lo que realmente somos aunque no lo sepamos ni lleguemos a saberlo, del galimatías que supone ejercer de uno mismo amén de todas las neurosis posibles; de lo inacabado de la condición humana. Podría decirse que en las páginas de Primera persona habitan personajes que tienen mucho que ver los unos con los otros y que por ello mismo, por ser personas entrelazadas, del presente de indicativo, forman un todo, o un uno, del que sería imposible separar las piezas. De todos los personajes, apostados entre Almería y Granada, me quedo con un individuo, al volante de un citroen C2 negro que circula extrañamente por la carretera, sintiéndose feliz a pesar de sospechar que el mundo, su mundo, puede acabarse mañana. Lo hace por Cabo de Gata, detrás de unas gafas de sol. Su sonrisa es traicionera. Muy a su pesar desconoce los entresijos de su interior pero se deja llevar por ese tufillo místico que lo desdobla en ocasiones.
En el viaje hacia uno mismo hay un momento importante: el descubrimiento de la libertad como instrumento y estrategia. Lo afirmó Sartre, estamos condenados a desear ser libres y a tratar de serlo. Aunque la libertad no puede quedarse en los tópicos ni enmascarar otras complejidades mentales. Es un puente de paso que debe eliminar lastre, no teatralizar nuestra vida. Este desprendimiento lo es de los bloqueos mentales que la cultura y otras personas nos imponen, del dolor interior. Y esta libertad práctica nos pone en el camino de la verdadera emancipación, autonomía de lo que nos rodea.
Justo entonces es cuando se disipa el objetivo de este absurdo viaje, de la vida, de lo humano: el encuentro con la identidad. Esta, por si hay que decirlo todo, es la piedra angular de Primera persona, lo que podríamos calificar como su objetivo. Tal como apostó Lacan, todo termina en la construcción de nuestra identidad frente al espejo. Las piezas rotas o separadas de las experiencias se entrelazan hasta que el conjunto forma un sentido razonable, nuestro auténtico horizonte. A veces cuando se postula sobre el sentido de la vida, la clásica pregunta sobre el ser, en realidad lo que se está cuestionando es nuestra identidad, la propia, la que necesaria y exclusivamente puede dar sentido a nuestra vida. Me refiero a esa identidad individual y autogenerativa que nada tiene que ver con la de los demás; la que marcará lo que debemos ser y hasta dónde puede llegar nuestro grado de satisfacción sobre el entorno, diríase felicidad; esa que al ser cierta nos terminará diciendo si estamos locos, si somos unos asesinos o si debemos acometer el celibato de los religiosos, si debemos dedicarnos a corregir libros al estar imposibilitados para escribir libros propios, o incluso si tenemos que circular por Cabo de Gata al volante de un citroén C2 negro sonriendo y sin miedo ante la suposición del fin del mundo. “Walking dead”. Y de ser así, ¿existe alguna forma mejor de conducir? ¿Hay alguna otra manera de circular que tenga ese componente ascético y esté llena de trascendencia?
El fin de la aventura, como digo, nos llega con el descubrimiento de nuestra identidad; pero no es ese trance algo agradable, sino que está lleno de tragedia y de arrepentimientos. Ser lo que uno es, al final, es un acto de responsabilidad y reconocimiento, sobre todo por los daños colaterales que hemos causado a las demás personas, además de a nosotros mismos. No puede ser de otra forma. Si no se hace de manera intencionada, la identidad rezuma exigiendo su puesto en nuestra mente. Por eso es mejor ser lo suficientemente sensato como para ir en su busca y pactar un equilibrio, antes de que nos lo imponga como mandato.»
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