Os dejamos la reseña que apareciera en , realizada por Manuel Broullón, acerca del libro Sobre la maravilla, de nuestro autor Francisco Javier López.

Puedes consultar el original aquí.

 

«Si hablo de un escritor simbolista en seguida la imaginación se irá en dirección al París del fin de siècle. Cuidado, porque no es así en este caso. Francisco Javier Martín López es un gaditano (sanrroqueño en concreto) licenciado en periodismo y título de máster oficial en Escritura Creativa por la Universidad de Sevilla. Lo cierto es que este título de “escritura creativa” no hace sino redundar en un aspecto que pertenece sin duda a su personalidad, formada en una extraordinaria sensibilidad y en una mirada cuidadosamente construida. Porque Sobre la maravilla es un poemario de enorme densidad semántica hábilmente canalizada mediante un palpable deseo de depuración formalista.

 

Poco habitual es que un crítico cinematográfico como soy se lance a hacer de forma puntual crítica literaria. Y mucho menos poética. En este caso se me disculpará la osadía, pues esta crítica parte de una afinidad. Afinidad en el plano personal, pues me unen al autor un aprecio y una búsqueda estética e intelectual que circulan por vías diferentes pero paralelas. De otra parte también existe una afinidad en lo que se refiere a la comunicación y al cultivo del gusto. Comunicación muy elaborada es la que ha puesto en marcha Francisco en torno a símbolos eimágenes bien meditadas, reposadas y depuradas. Esa inercia, ese gusto hacia las imágenes, alinea a Martín en la parte de los creadores vitalistas del cine digital contemporáneo (más cercanos, por otra parte, a la dimensión poética que a la narrativa), recolectores de fragmentos que reescriben la realidad, el recuerdo y la experiencia a la luz de una búsqueda. Precaria búsqueda, delicado equilibrio entre la belleza y la muerte, entre “la vida y el olvido”, como el propio Francisco formula en su primer trabajo poético, Sobre la maravilla, y que produce por tanto esa ineludible afinidad entre este lector y aquel autor.

Más allá de confluencias comunicativas, huelga decir que no es ningún misterio, no es ningún secreto el hecho de que las poéticas modernas y las posmodernas han prescindido en gran medida (cuando no por completo) del sonsonete, del metro, de la estrofa en favor de otros cauces líricos, a saber: la sonoridad, la figura de pensamiento, la imagen… aun desde la evidente diferencia de materia prima entre la fotografía (sea fija, sea en movimiento) y la escritura, es la capacidad simbólica la que trasciende la diferencia de códigos y se articula, en realidad, sobre mecanismos interpretativos análogos. De otra parte, su renuncia expresa al metro poético tradicional no supone ningún inconveniente al logro de un ritmo interno del poema. Sea en verso libre, sea en los poemas en prosa o en los ocasionales juegos a modo de caligramas, Martín consigue extraer de la composición poética un ritmo interno natural, espontáneo, en el que tan importante es la escansión de los versos como las zonas de silencio y pausas entre ellos.

La creación de Francisco Javier se basa en sensaciones. En ocasiones, estas sensaciones toman la forma de una imagen, pues la percepción visual es un elemento de primer orden en su poemario, pero no solo. En Sobre la maravillaabundan los desplazamientos sinestéticos de ida y vuelta entre los sentidos con tal de generar esas atmósferas sensoriales que, desde las primeras páginas, atrapan al lector introduciéndolo en una suerte de experiencia enunciada a modo de lúcido soliloquio. Hasta tal punto es así y cada pieza es tan rica en referencias multisensoriales que incluso llego a dudar desde qué sentido hacia qué otro se produce la sinestesia. ¿Será acaso desde lo táctil hacia lo visual, como propone en “El anhelo pesa”, en donde “los ojos miran”? ¿O más bien se tratará de una “Empatía” deseada entre todos los sentidos propios y ajenos, tal y como titula otra de las miniaturas líricas que componen su obra?

 

Ciertamente, el elemento corpóreo y material es un tópico, un lugar común en toda la obra. Materialidad que en ocasiones aparecerá en forma de elemento (el fuego por ejemplo), de tejido corporal (la piel, los labios…) o de fluido (la saliva, la sangre…). Otras veces se producirá una interesante analogía entre el cuerpo individual y todo el cosmos, visto como un organismo vivo: “el universo es un juego de labios”, escribirá en un particular poema en prosa titulado “Principio del cariño”, en la sección no por azar titulada “Diálogo con Einstein”, en donde el lenguaje poético se superpone al lenguaje científico haciéndolo significar en otra dirección. De esta manera, los términos digamos órficos se superponen a una cosmología de “átomos con sus órbitas de luciérnagas” y “moléculas orgánicas que se abrazan para alumbrar”… órbitas celestes vistas como que “la Luna baila alrededor de la Tierra” o la Ley de la Gravedad replanteada como “El Principio del Cariño”.

Algunos lugares comunes.

Este poema en prosa, “Principio del cariño”, se encuadra en la segunda parte de la obra, en donde los términos más puramente orgánicos (lo corpóreo, actual) han empezado a entremezclarse con la dimensión potencial (el deseo proyectado) que “acaricia la piel de lo imposible” o “deja que sangre la incertidumbre”.

El primer bloque, “Percepción de la ceniza” encuentra como lugar común, como tópico, el motivo del ave fénix como ese espacio de combate entre la vida y la muerte. Unas veces lo hará de forma explícita (“se convierte en fénix/ una cría de fénix/ bombeando fuego a las arterias”) y otras mediante otros subterfugios simbólicos, a saber: la metamorfosis en un pez (en “Amor”) o el propio acto creador (“Y se hizo carne”, “Un pincel en la penumbra”, “Poiesis” I, II y III…); de manera que no nos sería posible explicar a ciencia cierta si el mecanismo activado en cada pequeña miniatura es una resurrección, una metamorfosis o una transubstanciación. Ahí quedan la incertidumbre y la transferencia creativa al lector.

La segunda parte de Sobre la maravilla, titulada “Materia azul (con sombras)”, parece orientarse -ya se ha anticipado- en torno a una proyección volitiva desde los mismos tópicos corpóreos. Este segundo bloque está compuesto por poemas más largos, de modo que parece que se produce una cierta progresión, una suerte de crescendo en la voz poética que va preparando el terreno hasta el gran soliloquio final.

Finalmente, ¿dónde está, en dónde aparece la “Maravilla” anunciada en el título? Si comparece será en pequeñas intermitencias. En cualquier caso, la posibilidad de entrever algunos destellos de esta Maravilla vislumbrada, destilada a través de la escritura poética, situará al lector en una posición vitalista y lúdica, una suerte de candidez depositada en la infancia hasta en tres ocasiones: “El anhelo pesa”, “Carcajadas” y “El juego eterno”. Pero esta perspectiva también es incierta y efímera, de modo que al final de la lectura inmersiva prevalcerá la invitación a entrar a formar parte de esta experiencia sensorial articulada sobre imágenes, símbolos y ritmos.

Manuel Broullón»