Os dejamos la nota que Martina Mateo Jiménez & Daniel J. García López prepararon con motivo de la publicación de la antología La luz más bella, de Martina Mateo Jiménez y Daniel J. García López.

PRÓLOGO

“Este es el silencio de la forma”.

Juan Carlos Rodríguez, La poesía, la música y el silencio (1994)

Un fantasma recorre Almería: el fantasma de los Banderines del Zaguán. De lo que vino a ser carne, ya solo queda el espectro. No es casual que nuestro mapa esté rasgado por un choque de placas tectónicas. No es casual que esta cartografía que pisamos nos llene las botas de arena y olvido. Que la casualidad juega al austericidio y nuestro desierto cada vez es menos nuestro. Allá en 2006 nació la criatura y nos resistimos a escribir su fecha de defunción. La escritura en esta Almería del nuevo milenio no puede ser ententida sin Los Banderines y quien fuera su artífice: Antonio García (Sr. Curri).

Algunas de las personas que en este libro aparecen lo hicieron primero como banderines (Luis Díaz, Estefanía Martín, Julio Béjar, Naira Perdu, o las dos personas encargadas de firmar este prólogo). Nos hemos formado dos martes alternos cada mes y, sin embargo, no hemos mostrado el apoyo que necesitaba. Si Almería es un desierto, en muchos sentidos, también el geofísico, sus niveles de aridez han aumentado considerablemente desde que los Banderines se fueron. Las condiciones materiales para la escritura en esta tierra, paupérrima en lo que a iniciativa pública con la cultura se refiere, quedan huérfanas. Permanezcan estas palabras de homenaje.

¿Por qué una antología? ¿Qué es aquello que hace reunirnos? ¿Existe un lenguaje o un ethos común? Advertimos desde el inicio: no hay una identidad poética. Precisamente tomamos distancia de cualquier punto identitario. La coincidencia geográfica de quienes aportan sus textos es solo eso, una mera coincidencia. Y la geografía como espacio físico en el que convergen sus palabras más que actuar como un territorio, desterritorializa. Por eso esta antología se centra en lo inantologable que coincide, al mismo tiempo, con lo inontologable: no hay esencias que conformen un grupo poético porque ya no las puede haber. Por eso la gran mayoría de las personas que aquí aparecen no han publicado (o, si lo han hecho, la precariedad –ya de por sí enraizada en la poesía– es un leitmotiv).

Si una antología, como una ontología, ha de poseer un elemento en común, una propiedad compartida por quienes la conforman, esta que tienen ustedes en sus manos carece de toda propiedad. Nada en común más que la simple vida biológica que acaece en quienes han nacido con posterioridad a 1985. Esta falta, esta carencia de una propiedad identitaria, relega la subjetividad al espacio. No hay un lenguaje común, sino un espacio común.

Señaló hace unos años Juan Carlos Rodríguez, del que hacemos cómplice en el acápite de este prólogo, que la función de la poesía burguesa radica en la reproducción del sujeto libre[1]. Tratemos de escapar de su sombra[2] y inventemos subjetividades otras cuyas vidas se encuentren indisolublemente unidas a sus formas (forma-de-vida). Para ello el espacio, el topos y no el ontos, nos da la clave de esta topología: abramos la línea de fuga hacia los Banderines.

Si, apunta Giorgio Agamben, el poema exige ser leído, aunque nadie lo lea; si la poesía demanda ser leída, esta debe permanecer ilegible porque no hay un lector de poesía[3]. Y eso era una de las cosas que sucedía en el Zaguán: una poesía destinada a quien no la lee, que se dirige a su lugar de ilegibilidad. Una poesía inútil. Este es precisamente su mayor virtud: desordena desde su improductividad. Si el sistema siempre trata de apropiarse de aquello que es útil, la resistencia ha de ubicarse en lo inútil que es inapropiable[4]. Recordemos a Platón: expulsó de la República a los poetas inútiles, esto es, aquellos que no cantaban a dioses y gobernantes[5].

En ese ejercicio de Platón, “dejándonos en casa a los pequeños”, nosotros no deberíamos escribir. Pero “ha nacido un rumor” y “voy a sembrar el caos y permitir la debacle” porque “nací con el cuerpo tatuado de espejo”. Todo empezó cuando “yo leía en la habitación de al lado” “en esta esquina del mapa, dirección sureste”. La lectura se empeñó en “poner bellezas en mi entendimiento”, pero también “desolación sin nombre”. Se abrieron “los caminos sinuosos hasta el espacio” “y sus cientos de agujeros y planetas”. “Quisimos rescatar su ligereza”  y nos preguntamos: “¿Sigues ahí, Platero?”, así nace nuestra escritura. “En todo caso, ¿qué quieren decir?” esa escritura “no es más que un jirón de caos”, o un jirón de la tela del fantasma, y “estarás como siempre: desnuda la tristeza”. Solo nos queda un puzzle con distintas soluciones, un juego con ese espejo de cuerpo. Escritores que “descubren dinamita en su cuerpo” y que tienen constancia de “que el día a día consiste en ocultar los huecos”. Al fin, “si no se espera todo o casi todo, todavía se espera algo” y estas páginas “que rompen silencios, que curan heridas” acompañan la espera. “En sueños, la marejada” te traerá hasta esta esquina del mapa de letras: “tú conoces, lector, este monstruo delicado”  y sabes que “también a los pequeños se les ha de temer”[6].

Martina Mateo Jiménez & Daniel J. García López

Madrid/Almería, septiembre de 2015