Os dejamos la reseña que Pedro Ruiz realiza sobre Los turistas ciegos, de José Luis Amaro,en el nº 38 de la revista «La manzana poética».
Podéis acceder al original aquí.
«La mirada lúcida de José Luis Amaro
José Luis Amaro, Los turistas ciegos, Sevilla, Ediciones “Ediciones En Huida”, 2014
Comenzaba a década de los 80 del siglo pasado cuando un joven poeta cordobés daba a la luz su primer poemario, tras algunos años de colaboración en la productiva labor de la revista Antorcha de paja y sus propuestas de renovación estética. Era un momento de transición, y no sólo política. Aunque la historiografía aún en marcha haya decantado la intensa actividad poética en esos años inquietos en la poelaridad entre novísimos y poesía de la experiencia, no eran esos los únicos discursos líricos, y más de uno intentó conciliar la renovación del lenguaje poético con una voluntad de comunicación no siempre ajena, si no a urgencias sociales, a la preocupación por atender al mundo en torno, a enfrentarse a las deformaciones de la realidad y sus imágenes. En esa clave podría leerse aquel libro inicial, Erosión de los espejos (1981), tan lejano ya y tan cercano todavía, cuando, una decena de títulos después (sin contabilizar cuadernos y plaquettes), José Luis Amaro ofrece su última entrega, mucho más madura y consistente, pero con los rasgos de aquella juvenil propuesta inicial.
En la portada de esta cuidada edición el lector encuentra una ilustración que bien puede tomarse como una declaración de principios, una particular clave de acceso a este viaje lírico y personal. Entre la referencialidad del Equipo Crónica y la simbología de los viajeros de Úrculo, cinco figuras se mueven acéfalas en la blanca cubierta del libro. La clave estética, que nos remite al arte pop de los setenta es también una clave ética, de compromiso, de observación de la realidad y de dolorosa conciencia de ella. El poeta observa, y, a diferencia de la imagen del pollo sin cabeza, corriendo sin control, como turistas ciegos, se asienta y, sabiéndose también turista, viajero, abandona la agitación, toma posesión de su lugar y deja pasear su mirada, fijándola con atención. La elección de ambientes, la penetrante frialdad de la mirada y la sobriedad de la paleta de color, sin adjetivos, evocan los cuadros de Hopper o los relatos de Carver, el admirado maestro, autores en cuyas obras encontramos escenarios paralelos a los que acogen la historia entrecortadamente narrada en estas páginas, abierta a la recomposición última que de ella quiera hacer el lector seducido por estas galerías de hoteles, que atraviesa para cruzarse con otros viajeros, quizá su doble, quizá el otro con que la conversación puede llenar una noche en vela.
Referencias culturales como éstas no anulan los trozos de piel que aún quedan en estos versos ni disfrazan un vacío o un capricho. Más bien dan forma a la experiencia personal que late bajo ellos, manteniendo su palpitación al tiempo que ofrece al lector unas claves compartidas y le propone el tono sobre el que componer su diálogo. Entre el museo que encierra las imágenes y las codifica para su contemplación, en la distancia estética, y la vida, donde el dolor es la contrapartida de la posición ética –cuando no es su propio origen-, los poemas del libro asumen su doble condición, de textos literarios y de fruto de una experiencia propia. José Luis Amaro lo plasma haciendo circular por el libro, en recurrentes citas y evocaciones, a una escogida colección de autores, algunas de sus presencias-ausencias más íntimas, moldeadoras en muchos casos de su sensibilidad humana y poética. Destacan los nombres de Capote, Hemingway, Celan, Plath, Ferrater o Pedro Luis Zorrilla, poetas y narradores estimados y queridos, signados por una muerte violenta, con mucho de decisión personal. En otros casos se trata de pensadores como Walter Benjamin, muerto en la frontera, en las puertas del exilio, perseguido, pero también personajes de una cultura pop, como Marilyn Monroe o Jim Morrison, ahogados en el mar de barbitúricos por el que también sobrenada el personaje poemático. El entrecruzamiento de referencias multiplica la densidad y el sentido literario de la escritura, en diálogo con una gran tradición, pero consciente de su singularidad, de la desnudez del escritor, del hombre, ante la página en blanco o ante el blanco que a veces deja la vida, en la que a duras penas puede abrigarse con la vestidura de las palabras ajenas y las imágenes que dejaron sus creadores. El lector avisado puede recomponer el universo de citas y evocaciones en versos repetidos, en títulos desveladores, en alusiones o sugerencias de los poemas; en algunos casos, como los de Truman Capote o Ernest Hemingway, se convierten en auténticos letit motivs, presencias recurrentes en el libro, situándolo entre las claves de sus universos narrativos y el fantasma del suicidio en constante sobrevuelo en estas páginas. En un poema como “Monóxido de carbono” todo se hace explícito, y, casi en el centro del libro, la pléyade de quienes remataron su escritura con la despedida voluntaria del mundo revela su peso en el texto, su gravitación en los trabajos y los días de su autor. La evocación de Turín en el poema que la lleva como título, acompañando el nombre con una fecha significativa, , a propósito de la muerte de Cesare Pavese es muy significativa, como si se reuniese en ella, a modo de microcosmos, un núcleo destacado del universo de sombras y luces en que el lector es invitado a penetrar, porque la ciudad italiana evoca también, de manera implícita, a algunas figuras inseparabales ya de sus calles en el imaginario culto: Nietsche, Gramsci, Calvino, Umberto Eco… el propio Pavese de laborare stanca. Porque la vida es cansancio para quien no la atraviesa con la ceguera del turista desorientado, que sustituye la experiencia por el sucedáneo que le ofrece el visor de su cámara, vale decir ahora, la pantalla táctil de su dispositivo portátil, ese artilugio que, más que comunicarnos, nos desconecta de la realidad.
El poeta se instala en la conciencia de esa desconexión, de la situación transitoria, un tanto postiza o provisional con que atravesamos la vida, convertida en ese hotel que funciona como escenario fantasmal de todo el libro, otro invento que miente en su funcionalidad, porque promete hospitalidad y acogimiento y en el fondo sólo nos recuerda que estamos de paso, en un espacio ajeno, siempre en busca de una habitación propia, de nuestro propio lugar. Quien busca eso es el peregrino, que viaja para encontrarse; quien viaja para salir de sí, para olvidarse, es el turista, y la ceguera se convierte en la mayor de las paradojas, el elemento que lo reduce definitivamente a su condición fantasmal, cuerpos sin cabeza, cámara sin ojos.
Frente a ellos, sin obviar su condición transitoria, el poeta se asienta en su condición de voyeur, con algo de periodista o cineasta, que describe y recrea la realidad, desnudándola de sus apariencias, penetrando en lo más profundo, con la voluntad de veracidad y la pretensión de categoría estética, con la condensación del reportaje y la potencia visual y las posibilidades de montaje del séptimo arte. Es la tercera parte, la de “Puertas giratorias”, la que condensa más alusiones al periodismo (Kapucinsli, Martín Caparrós), pero también encontramos salpicadas referencias a entrevistas de Juan José Millás, o el poema “Enviado especial”, signos inequívocos de una voluntad de testimonio y de una precisas técnicas de aprehensión de la realidad. Como la cámara, la mirada del poeta se fija en un punto y hace un barrido por su entorno, registrando gestos, movimientos, oquedades. Al tiempo, hay algo como una pantalla funcionando como un espejo en el que la voz lírica descubre en los otros su propia condición, y en ese descubriemiento se asienta la dimensión ética del texto, el crudo ajuste de cuentas, sin excusas ni tapujos, la operación quirúrgica de despojamiento, de desnudez, para continuar el viaje más ligero de equipaje, sólo con la conciencia. Porque detrás del hotel el viajero intuye su casa, lo que ocurre es que, a diferencia de éste, no la va a encontrar hecho, sino que debe construirla, labrarla a su medida hasta el punto en que se lo permitan el mundo y los otros, esos turistas ciegos.
Desde esa constación el libro se articula como una gran metáfora. Si bien una primera lectura del índice parecería apuntar más bien para el lector desprevenido a una construcción alegórica, con su “Vestíbulo”, “Hotel”, “Puertas giratorias” o “Habitación doble”, no es el discurso de la construcción analizada por Benjamin el elegido por José Luis Amaro. Si hay una historia en el texto, bajo el texto, no es un relato lineal e identificable, sino que las imágenes se mueven en su condición metafórica sin dejarse reducir a una única explicación, multiplicando sus sentidos. Eso sí, sin perderse nunca el vacío significativo que resulta cuando la polisemia se expande al infinito, sin límites para el lector, en ese espacio habitable que nuestro autor reclama como condición esencial, innegociable del poema.
En torno a la imagen del turista, el poemario se mueve en cinco planos, en cinco niveles perfectamente articulados, compementarios entre sí. En primer lugar aparece el desplazamiento, esa condición del viaje que en ocasiones deja al protagonista descolocado, extraño, enajenado en un mundo que le resulta ininteligible, bárbaro, y en ocasiones, en cambio, conduce a un retorno que siempre es una forma de descubrimiento. En el libro las dos experiencias se alternan y se conjugan, moviendo a protagonista y lector entre la intemperie y la morada, entre la desolación y el arraigo, de la soledad al encuentro.
En esta experiencia reaparece una imagen familiar a José Luis Amaro.: la frontera, el territorio límite, el debil hilo que separa lo propio y lo ajeno, la vida y la muerte. La imagen de Benjamin en Portbou da cuerpo a esa situación, pero su presencia en el texto es mucho más constante, permeando muchas de sus imágenes, pues no en balde sólo accedemos a la condición de turistas cuando atravesamos la frontera, cuando tenemos la experiencia del paso, de la precariedad que representa el hotel, verdadero espacio de frontera, el espacio-otro o el no-lugar, que, como los aeropuertos, definen la sociedad globalizada de la postmodernidad, donde las diferencias se neutralizan o se disuelven en la masa, turistas ciegos siguiendo un paraguas de colores, mientras en sus audífonos una palabra repetida y gastada sustituye a la realidad de la experiencia, resbalando por las fronteras de lo virtual.
También supone frontera y tránsito un elemento central en el texto, la conciencia del tiempo, que enlaza los dos extremos de lo personal y de lo colectivo en esa frontera permanente constituida por el presente, entre la memoria y la esperanza. En lo personal el tiempo se traduce en edad, una conciencia viva y actuante en la escritura de este libro, impulsando bastantes de sus realizaciones y encontrando continuos ecos. Del otro lado, la historia, que inserta al sujeto en el tiempo colectivo. También ante ella cabe la ceguera, pero eso no es posible para quien se recuerda vinculado a un hecho trascendente, quien declara “Haber cumplido veinte años cuando ejecutaron a Puig Antich”. Es en esta historia, cruel y violenta, en la que se insertan todos los nombres evocados, que salen de la galería de retratos ilustres, de las lecturas solitarias del gabinete claustrofóbico para mostrarse testigos de su tiempo, testigos y víctimas, arrabetados por una historia donde la violencia puede convivir con la belleza. Y de ahí brota la esperanza, porque quien habla en este libro no cree en el fin de la historia, y su viaje es una búsqueda del futuro, de lo que aún queda por andar y que no puede hacerse sin el soporte de la memoria, sin la compañía de unas presencias imborrables que abren las puertas de lo permanente a la vez que nos impregnan de temporalidad.
Junto a este eje central, dos elementos inseparables del turista, la cámara y la postal, articulan los otros niveles. De la cámara fotográfica toma Amaro el gusto por la imagen visual, pero también la precisión, lo determinante del encuadre, la posibilidad de atrapar el tiempo y, despojado de su fugacidad, ofrecer un trozo de vida para su contemplación demorada, para su vivisección. La foto no requiere de explicación ni la soporta, y así ofrece el poeta sus versos: escuetos, desnudos, con algo de fotomatón, pero también con el escalpelo que le permite al lector que se detenga, ir abriendo los pliegues de la piel, desmontando lo superficial de las apariencias y accediendo a ese momento irrepetible y fugaz que, al fijarse en imagen fotográfica o en texto del poema, no pierde, sino que acrecienta su temporalidad.
La postal era la encargada de transmitir las sensaciones del viajero y hacerlas comunicables a alguien conocido, apreciado, con el que se comparten cosas. Frente a la morosa epístola, la postal tenía algo de urgencia, de brevedad, pero también de inmediatez, de seca y eficaz economía en su sintaxis, en la elección de las palabras, como ocurre con los poemas de Los turistas ciegos. Hoy los recursos –o las limitaciones- de las redes sociales se presentan como una alternativa a esa forma de comunicación, pero sólo son muy pálidos herederos, pues la teatralidad de lo virtual, el espectáculo del selfie y la impúdica autorrepresentación nada tienen que ver con la escogida escritura de esa carta abreviada. Viajero observador, José Luis Amaro no deja de observar esas diferencias, y en ellas aparece su preocupación por la palabra, la honda dimensión metapoética de su escritura y también una beligerante toma de posición frente a los desvíos de una palabra poética que se inclina a su disolución, sumergida en el mismo mercado que ha transformado al viajero en turista y ha cambiado la mirada por la ceguera.
Como en la vida, la coherencia es un valor en la poesía. Y eso es así sobre todo cuando ello no significa estatismo, sino perseverancia en un camino, avance a partir de lo ya recorrido, y este valor se acrecienta y multiplica cuando la poesía discurre al lado de la vida, con la vida, formando parte de ella. Así, el poeta cambia, introduce nuevos registros para responder a su siempre cambiante contexto personal, intelectual, social, pero en coherencia lo hace siempre desde sus códigos maestros, y en José Luis esas claves están presentes desde su libro inicial hasta estos Turistas ciegos, unos turistas que viajan tras la muerte del equilibrista, la salida de la madriguera, el paso por fronteras de niebla y una carretera cada vez mejor definida[1], que le conducen a este punto mayor de su escritura, a un libro a la vez maduro y renovado, equilibrado y abierto, lleno de claves personales y de imágenes en las que todo lector puede reconocerse, ante las que sería imperdonable pasar como turistas ciegos.
Pedro Ruiz Pérez
[1] Es la línea que marca una trayectoria bien definida a través de sus libros: el citado Erosión de los espejos (1981), Despojos de la noche (1983), Huellas en el cristal (1984), Poemas sacramentales (1986), Muerte de un ilusionista (1993) La piel de los días (1998), las plaquettes Latidos de Nueva York (1997) y Sentido de frontera (1998), Fronteras de niebla (1999), Carretera (2003) y La fábrica de humo (2006).»
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