Yo conocía a la Almudena Vega que caminaba descalza en un bosque de vidrio, nunca de puntillas, la planta siempre en el suelo, era la herida del tronco, era el musgo que arropaba la rama. Un día se agarró a mi garganta y me dijo yo no hablo de inspiración, ni lo comparo todo con la enfermedad pero temo a las flores que crecen en los raíles, las flores venciendo al asfalto.

Y, ahora, en este continuo diálogo con la fotógrafa Sonia Márpez, con las uñas sucias de tierra, las manos llenas de presente, nos cuentan escarbando en nuestros cuerpos que todo útero es un nicho de tierra, Almudena encima de nuestros cuerpos con una hoja desnuda nos enseña unos pechos que duelen, que se agrietan como montañas, unos pechos que nunca alimentarán. Nunca serán vaso. Es ella la que nos nutre con sus versos, con sus dientes de leche, es una niña salvaje que escarba y escarba hasta llegar a las entrañas de un metro, hasta hacerle cosquillas a lo cotidiano de un viaje de ida y vuelta, resquebrajando todo mapa, nos desvela sin pudor que sin brújula estamos perdidos, que la luz del metro saca lo peor, lo peor del rostro, la brutalidad del futuro inmediato. Ella cuenta hasta tres y deshace la memoria, se balancea en la verdad de un bloque de pisos que resultan ser vísceras, la ciudad en llamas, ella que dice pájaro a la vez que engranaje, que dice plástico para decir vida, la mujer cazada, la mujer cazadora, viuda de una vida que nunca le perteneció, que enciende y que incendia la casa que le dio cobijo, deforme como el árbol que muere en papel saca de la magia su chistera, saca de la chistera el polvo del metro que curará nuestros pecados, ella mujer-pájaro, mujer-gárgola, me da vértigo cuando me deslumbra que todo ser vivo es sudario en potencia, que la sangre es un traje, que morir es volverse del revés, me da vértigo sentir el peso de sus garras de piedra, de sus garras de papel en mi vientre abierto como un pésame mientras la veo tan enorme y tan hermosa mirándose en un espejo minúsculo, que su compañera en este viaje Sonia sostiene de manera casi etérea y enfoca para darle luz en los puntos más sensibles. Ella, que dice hueso y, de repente, se fractura el mundo, que tiró el antídoto y decidió contagiarse me ha hecho descubrir que yo no soy inmune a su enfermedad.

Y reconozco que esto me gusta.

Ángelo Néstore

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