EN AUSENCIA DE HUELLAS

 “Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos,

que anduvo errante muy mucho después de Troya sagrada asolar;

vio muchas ciudades de hombres y conoció su talante,

y dolores sufrió sin cuento en el mar tratando

de asegurar la vida y el retorno de sus compañeros”.

La Odisea. Canto I. Homero.

DISPOSITIO.

 

EXORDIO:

 

No, no debo comenzar así. No es nada original. Por más que el anuncio de la Pepsi Cola y otros ecos de la garambaina me legitimen porque lo importante es que me guste a mí, no es nada original.

Vayamos a lo seguro. Los tratados de retórica dicen que debo empezar por un exordio, Vicente, para conseguir hacer del auditorio algo benévolo, atento y dócil y señalarle que el discurso comienza. Y que debo atraer su atención, granjeándome sus simpatías y establecer el tema del que voy a hablar. Y todo afectando una cierta modestia para que se identifique con quien está en apuros o es débil. Como yo ahora. Y, para esta captatio, tampoco tengo un caballo que despeñar sobre el público apurando sus cielos al grito de “hipogrifo”.

¿Y si pruebo con un cuento? No tengo caballo, pero sí tortuga. No sé. A ver: érase una vez una chelonia mydas o tortuga verde hembra que se arrastraba en la playa hasta un lugar situado por encima de la marea alta. Allí excavó un hueco poco profundo con sus cuatro aletas, usadas alternativamente para remover la arena. Luego, en el fondo de ese hueco, cavó un hoyo para su huevo. Con una increíble destreza, la tortuga doblaba la aleta hacia adentro y la bajaba suavemente para recoger y transportar su carga, la dulce carga que quería, oculta en esa húmeda cueva en la que terminaría de incubarse su vida, proteger de los depredadores. Con golpe final, lanzó la arena directamente hacia atrás, despejó el hoyo y emprendió su regreso al mar. “Pero los depredadores no son idiotas”-pensó durante ese breve trayecto. “Y si ven mis huellas sobre la arena sabrán exactamente dónde lo he dejado. Debo borrarlas, hacerlas desaparecer. En ausencia de huellas no habrá peligro para mi cría”. De modo que, tras tres o cuatro meditativos movimientos de su cabeza retráctil, decidió que lo mejor era usar su pequeña cola para barrer sus pasos.

Y eso hizo. Horas más tarde, y bizqueando de placer, el predador hacía correr sobre la húmeda comisura de su hocico el magma marino de un huevo de tortuga. Le había bastado con seguir el rastro que ella había dejado con la cola, en el baldío intento de ocultar la huella de sus patas sobre la arena.

¡Ah de tu vida…! ¿Nadie me responde? ¡Aquí de los antaños que has vivido! La Fortuna tus tiempos ha mordido; las Horas tu locura las esconde. Tómame de la mano cuando más distraído esté, piérdeme, velero de un mundo perdido, por algún rincón. Bizqueante de placer, mar de magma mi boca masticadora del óvulo marino, yo también he rastreado la estela del perfume caro de tus huellas. Ésas que tú dejabas mientras buscabas aquéllas otras a las que llamas ausentes y que no están sino presentes, sólo que de otra manera, como barredura de tortuga. Porque la ausencia, ¿verdad, Vicente?, es la forma quintaesenciada y minutísima de la presencia. De la presencia de la raíz del pasado, de los harapos del padre, de los ojos de Penélope, del hijo y de la sombra de uno en el duro regreso a una Ítaca que, en realidad, quedó en el camino que se hace al andar (“Mira hacia el mar y sabe / que ha emprendido el camino sin retorno / del bulevar de la memoria”, poema XVII; “Es duro aprender / que Ítaca quedó en el camino”, poema XVIII) y durante el cual intentamos rellenar los vacíos de la vida con el “puzzle del recuerdo” para poder contemplar, recompuesto con tantas astillas dispersas, el espejo roto de la memoria, lo que fuimos y el que somos, el fue, y el será, y el es cansado de un Odiseo de sueños perdidos entre “despojos naufragados por la vida”.

NARRATIO:

En ausencia de huellas es una Apocatástasis. Es decir, el intento poético de resituar algo en su puesto primitivo, de restaurar un universo aproblemático y edénico que se teme perdido para siempre. Así que lo primero que he de hacer es situar este bellísimo y complejo artefacto poético en su puesto originario: el proyecto poético OMERO. Omero fue, allá por el año del Señor de 2012 –O tempora, O mores– la respuesta al deseo de articular una voz lírica proteica en torno a las inquietudes estéticas y personales de los cinco que compusimos el grupo que lo conformó. El verso “te cubriré de blanco si me tocas”, de Marcelino Fernández Piñón, actuó como catalizador de la creación de Ángel esciso, del susodicho autor; de  Descabalgando la luna, de Paco Fernández-Pro;  de La frágil voluntad de la memoria, de Fernando del Pino Jiménez; de Saliega, de éste que les habla; y del poemario que hoy nos convoca: En ausencia de huellas, de Vicente Mazón Morales.

El resultado fue un pentalibro heteróclito en donde la diversidad tonal no lograba disfrazar el anhelo esencial y común de hallar una interpretación subjetiva de los universales del sentimiento de los que hablara Machado.

El libro del que ahora me ocupo está compuesto por 37 poemas-isla, algunos de los cuales ya habían visto previamente la luz en diferentes publicaciones, en donde una voz poética muy personal y evocadora atraca el Argo de su memoria a la deriva en el proceloso Egeo de la saudade. Vicente Mazón es su autor, un poeta que demuestra un vasto conocimiento de la tradición literaria, visible en las numerosas huellas que, paradójicamente, recorren En ausencia de huellas: Baudelaire, Machado, Bécquer, Platón, Milton, Camus, los novísimos y los de la experiencia, los ultraístas  y el regusto por la metáfora cataratesca del ’27. Veo verdecer su virtuoso dominio de éste y de otros recursos al servicio siempre de una palabra esencial, nominal, moteada frecuentemente por la más vigorosa adjetivación. Su verso, muy musical, si bien merced a factores rítmicos más propios de la poesía contemporánea que al simple anclaje en la rima, su verso, digo, coquetea con la estética de las vanguardias y adopta a menudo las caprichosas formas de la alternancia entre el metro corto y el de más vuelo. Como olas, como resaca marina, vienen, van, van, vienen.  Como dijo Miguel Hernández:

 

Escribí en el arenal
los tres nombres de la vida:
vida, muerte, amor.

Una ráfaga de mar,
tantas claras veces ida,
vino y los borró.

Yo, bendecido por los cielos con el privilegio de su amistad y de su benevolencia, os evitaré los detalles de una biografía que quizás muchos de vosotros conozcáis sobradamente, que a mí me empequeñecería y, a él, sonrojaría: brillante pedagogo que hace del trabajo creativo y sinérgico la esencia de una didáctica dinamizadora de la sociedad, su asombrosa capacidad de trabajo late en una irredenta vocación de liderazgo de la que pueden decir mucho y bueno el IES Pablo de Olavide de La Luisiana o la Asociación de Amigos de Écija. Ensayista, su obra sobre el mal en el cine adolece de una profundidad sólo comparable al amor que le inspira el séptimo arte, y poeta premiado y consagrado. Es dueño de un πάθος lírico que aúna los mejores logros de la tradición clásica con los hallazgos más sorprendentes de la literatura moderna.

Por todo ello, saludo la reedición, esta vez en Ediciones En huida, de este En ausencia de huellas en el que ahora, si bien sucintamente, me voy a detener.

En ausencia de huellas es un libro sobre el sentido. “Arena del Sur caliente / que pide “las magnolias blancas de tu cuerpo”. / Llora flecha sin blanco, / la tarde sin mañana, / y el primer pájaro muerto sobre la rama”, que, más o menos, diría Lorca.  Sobre el sentido del dinamismo aéreo de una flecha que busca, ausente la huella de los años que dejó atrás, y a través de la palabra, un refugio metaliterario (el “regazo cálido de un poema / que se haga primavera”, poema I; “el abrigo tibio / (…) de una palabra / encendida”) desde el que recuperar “la memoria primera” y, con ella y por ella,  la ficción de una ruta que nos permita, “lejos, ya por siempre, / de Nuncajamás”, (poema XXXIII) “el regreso a la tierra, al aire, al mar de espuma” en donde la “médula” conozca (“sueñe”, poema IV) la vida perfecta del “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. En este ir y venir de la tarde sin mañana, la realidad de los hechos no será otra que la síntesis de los recuerdos que de ellos tengan sus actores (“¿Recuerdas? / (…) me llevabas por lugares desconocidos, / por barrios que sólo para ti tenían recuerdos”, poema VII). Y con ello, el mundo “real” por el que transita el poeta no será presentado desde la arbitraria perspectiva de un YO hiperconsciente, siervo de una poesía experiencial, sino desde la fragmentaria (ya hemos aludido a los poemas – isla), simbólica (“Ancestros de raíces / hondas como robles /araron recta / tu vida de labriego en este suelo/ -la genealogía de las lápidas / lo demuestra-, / para que siguieras abonándolo”, poema XII) y, en ocasiones, (“trazo firme / eslabón roto” // “huella blanda”) contradictoria acumulación de las imágenes de la memoria en torno a (“-y saberse en tránsito-“, poema XV) la búsqueda esencial y existencial del sueño de la redención personal (“tras su cielo esencial”, poema XIV), del “ansia antigua / de pertenecer a un lugar, / de ser el lugar, / la casa / o la tierra” (poema XV). A esto se debe que las imágenes de que la memoria se dota por medio de la ensoñación poética estén sujetas —por obra del tiempo (“el tiempo lo diluyes / en papel”, poema XI)— a intuiciones divergentes (“Cuento ausencias / como quien cuenta gotas de lluvia / y me ahogo en ellas”, poema XIII; “la ausencia es otra forma de presencia”, poema XXIX) a cuyo presente “Cultivo (…), Cifro (…), Custodio (…), poema VIII) se sobreponen numerosas “pulsiones temporales” que anticipan el porvenir (“pervivirá / -más allá de ausencias- / tu imagen aún tierna”, poema XXXIII) o retrotraen al pasado (“Su nombre era saudade, / le sopló al oído, poema V) haciendo girar voluntariamente el tiempo y los recuerdos.

En En ausencia de huella se privilegia, por tanto, aunque luego veremos que esto no es del todo así, una perspectiva temporal que consiste en la analepsis o prolepsis de los sucesos respecto de su ubicación temporal a partir de un presente que ancla vivencialmente (“la jornada te arrastra. / Desayunas café con melancolía”, poema XI) la experiencia poética de un Yo desdoblado ante un espejo en el que, en términos lacanianos, se intuye lo real (“Vivir en una franja de penumbra, / ver qué hay tras el azogue del espejo”, poema XXIV).

No obstante, y siempre desde mi humilde punto de vista, el más logrado hallazgo del poemario ha consistido en saberse dotar de una estructura que desmiente lo anterior. Aparentemente lineal, la conformación, permítaseme el neologismo, tegular del texto le confiere la traza consecuencial necesaria para sugerir el carácter narrativo con el que Vicente Mazón quiere disfrazar su historia. Historia, sí, en la medida en la que un personaje odiseico (hipertrofiado en el YO mnésico) viaja, sacudido por las galernas de tiempo, a través del espacio íntimo de la memoria hecha palabra en busca de un “ser en sí mismo” (“percute el eco / de los espacios que dejé atrás”, poema XV) establecido en el paraíso perdido de la infancia boreal. Historia en la medida en la que aquí se cuenta un trayecto que va del YO al “YO MISMO” incardinado en el TÚ. Un TÚ que no es Ítaca (“Intuir que Ítaca ya no es Ítaca, / que su rumbo murió”, poema XVIII), pero que le otorga sentido al periplo. Una historia que legitima el carácter épico de la odiseica voz que sostiene el relato, casi un bildungsroman, que justifica esta exégesis y que rima, brillante solución, con el marco originario de su producción, (H)OMERO, si el árbol del bien y del mal, del “paraíso perdido” de Milton,  de los bosques de suelos húmedos (“-rumbo norte-“, poema XXII; “Bajo la sombra antigua del roble / rastrea la raíz su origen en la tierra, / en la lluvia primera”, poema IX) fuese ahora, por obra de la paronomasia, el marco narrativo de, permítanme la licencia, una especie de epopeya del YO a través de sus fortunas y adversidades (“Le acallaron los dioses”, poema II; “es surco de espuma en el tiempo / la estela del guerrero”, poema III; “Ulises / termina la jornada / cantan las sirenas el fin.”, poema XVII; “Es duro el regreso. / Saber que la sombra del espejo / es cuanto queda de Ulises”, poema XVIII).

Novela de aprendizaje: Odiseo contempla “las ruinas de esta ciudad”, poema I –Troya o Écija o él mismo, qué más da- que avivan su seso e despiertan su deseo de resolver la distancia que lo separa del YO-mismo que fue y que ahora contempla melancólicamente. Intenta, a través del signo, cifrar su alienación y hurtar al destino sus flores prohibidas, pero los dioses castigan esta ubris con cenizas de un olvido sin rostro, Nemo mihi nomen est, “Épica sin rostro de un héroe, extranjero en su tierra, / en la tierra extranjero”, poema III. Cargado de nostalgia boreal y sin palabras, la inefabilidad de sus recuerdos es una pulsión sintomática (“Algo druida me alborea el ánima”) que late en su alma, presa de la saudade (poema V).  La irrupción de la mujer (“y era húmeda su voz / como un llanto de gaitas”, poema V) le permite recuperar la memoria. Porque amar es recordar, es decir, hacer volver al corazón.

El amor, gracias al cual se tiene una visión «parecida» a la que tuvimos como almas puras allí en donde apreciábamos la belleza contemplando las «Ideas» o el Forbidden planet de la infancia. Y esa luz sobre la belleza se arroja de repente a través de los nombres renacidos (“Tu nombre es chapoteo / de niños en el agua”, poema VI)  en el cuerpo de la persona a que se comienza a amar (“Es nombre de bivalvos / que sueñan profundidad”). Y entonces el recuerdo: soy “velero de un mundo perdido / (…) ¿Recuerdas?”. Y con él, la introspección, porque el conocimiento del otro es el de uno mismo: “Y me llevabas por lugares desconocidos, / por barrios que sólo para ti tenían recuerdos, poema VII.  Y así, sí es posible la búsqueda del “veYocino” de oro. Ulises emprende el viaje de retorno, en la vela latina el aliento de su pecho, cifrando – ya dueño de los nombres – “el secreto de las mareas” (poema VIII). “Sé dónde voy. Sé dónde quiero ir. “¡Apártalos, amado, que voy de vuelo!”- dice el héroe. “Veo a través de tus ojos deseados (“vigía de insomnios, astrónomo del caos”) el misterioso lenguaje de la espuma, el camino de losas amarillas a Nuncajamás, la espuma y sus surcos de tiempo, detenidos en este “mar de alborán” de tu cintura en el preciso momento de la unión”. Pero la vía unitiva no es la meta, sólo una vía, un camino, y la mística del encuentro resulta ser efímera, fugaz como el mismo tiempo. Y el silencio avanza de nuevo. Y el guerrero-viajero ha de valerse de un nuevo lenguaje (propio) que le ayude a interpretar su derrota (“Hurta su voz al mundo / para huir al trasiego de las horas”, poema IX) y a reorientar su destino (“Bajo la sombra antigua del roble / rastrea la raíz su origen”). Este lenguaje nuevo es el verbo poético (“la metáfora avanza clamorosa”), a la postre tan inútil como la unión pues “se extingue en la pavesa efímera de su luz”, si bien le permite adquirir una conciencia exacta de la identidad de Poseidón/tiempo y de sí mismo: “soy el que mira cómo anida / el polvo sobre los muebles”, poema X.

Esta nueva conciencia del Ulises como ποιητής y de su poesía como palabra esencial en el tiempo viene hábilmente sugerida por una sucesión de anocheceres y amaneceres, de luces y sombras, de penumbras que remarcan el carácter temporal,  lineal, casi cronológico, del relato y reivindican la noche (“En una noche oscura / con ansias, en amores inflamada, / ¡oh dichosa ventura! /salí sin ser notada”), la noche como lugar del misterio creador y de la búsqueda de lo inefable, del no sé qué que quedan balbuciendo, del signo imposible (“en la oscuridad, (…) se cifra el misterio de la palabra”), del signo, en suma, que, como el poeta, como el vampiro (que “se sabe señor de la noche”, poema XXIV) desaparecen en “el alba-instante en la eternidad”.  Y vuelta a empezar. Porque la poesía es palabra esencial en el tiempo y, a la vez, o por ello, fútil engañifa, tristeza, soledad. “Retorno al destierro en las sombras”, dice el vampiro.

La nueva entidad del Ulises-poeta es la de su absoluta temporalidad: piélago, Caribdis de la eternidad verde del musgo, dédalo imposible para el que el laértida fecundo en ardides no tiene caballo de madera, ni de palabras. Tristeza, alienación. Y vuelta a empezar (“Ya se cumple el ciclo”, poema XXV).

Esta nueva deriva hace que el guerrero enajenado se animalice, se, entiéndanme la expresión, bestialice, se convierta en un monstruo (“el dragón”), en el hombre-lobo que advierte que “en la mañana / como siempre / -que todo es ciclo- /  descubrirás el fruto de la soledad”. Y es precisamente aquí donde resurge, para ser posteriormente tan superado como el delirio místico, el tono épico del héroe que afrontará, definitivamente, su destino. “Loriga y petos / en la percha: / busca el ritmo en las fuentes / mar serena del tiempo (…) / antes / de que el frío (…) le robe la palabra”, poema XIX. A través de los versos de Pepita Tomás “No me cerréis las ventanas / si veis que me estoy muriendo” de los que se vale el YO lírico para interpelar a las parcas del tiempo, Odiseo reclama la figura de un padre simbólico (“Timonel del caos (…) demiurgo de su destino”) y de la mujer amada para reencontrarse con el anhelo de plenitud, “En tus ojos de miel, / Guiomar / una promesa / de vidas paralelas / cuyo nombre es plenitud”, poema XX), plenitud que sólo puede intuirse, nunca poseerse, a través de la palabra (“La poesía busca una palabra encendida”), ésa que nos dirá algo sobre “los caminos que sigue el hombre”, sobre “el designio oscuro que rige su paso”. Una palabra pobre, sí, unas pobres palabras que, en su miseria, nos darán, paradójicamente la respuesta que buscamos: “pregunta a Edipo (…) / Quizá en su ceguera / halles la respuesta”. Ver es ver que no se ve, que no hay más fin que el principio ni más principio que el fin y vuelta a comenzar. Fausto era un imbécil, pero en el misterio de la negra noche, nos queda la palabra y, con ella, “te cubriré de blanco si me tocas”.

Si el tiempo es “un vértigo en la noche” (poema XI), la linealidad atejadumbrada del relato poético redobla la angustia de la pérdida (“Todo se hará nada / en el silencio”, poema XXXIV) y subraya la fugacidad de la vida de esta historia, una vida condenada a la frustración por un éxodo imposible y a la muerte, derrotada por la insuficiencia de la palabra (de ahí la necesidad de nombrar las cosas, de darles un nombre, de encontrar en la palabra el excipiente para que las cosas sean: “Su nombre era saudade”, poema V; “Tu nombre es chapoteo (…) / Tu nombre, mujer, / es nombre de mar”, poema VI). Insuficiencia del lenguaje frente a los designios de la temporalidad, de las horas que pasan una detrás de otra, como gotas en la clepsidra, como granos de arena, como los poemas de En ausencia de huellas:

“tempus fugit:

Tras una esquina

Las horas se emboscan pendencieras

Y te asaeteaban

Las dagas del reloj,

Ocultas en vainas de acero,

Con el golpe seco 

de las lenguas muertas,

del poema olvidado.

Tempus fugit” (poema XVI)

Tempus fugit. Ulises. Ulises es la palabra con la que se inicia el siguiente poema, el XVII. Resulta conmovedoramente aleccionadora esta asociación conceptual, casi un MEMENTO MORI, ¿no creen?

Si la poesía es, como dijo Machado, palabra esencial en el tiempo, la literatura de Vicente Mazón (“en la guías férreas / del tiempo, / la poesía / busca…”, poema XXXVI) existencializa la palabra y la encarna sometiéndola al paso del tiempo (“palabras hechas de algas”, poema XXXV; “Entonces, / las leyes de la física o las de dios / y aún los versos / perderán su razón de ser / (…) ya no valdrán las palabras / (…) Todo se hará nada / en el silencio”, poema XXXIV), de un tiempo que amenaza con imponer el silencio definitivo (“Bajo la sombra antigua del roble / (…) el sitio del silencio sin palabras, las raíces del silencio”, poema IX; “otras fronteras –el silencio- / cifran el paso del hombre / en su lucha con el tiempo”, poema XXI; “la metáfora avanza clamorosa / y se extingue en la pavesa, / efímera de su luz”, poema IX) y que sólo el amor contravendrá otorgando el sentido a una búsqueda ya asumida como imposible (“vuelve a latir la sangre / en este cuerpo viejo / donde hizo nido la saudade / y me sobrepongo al paso lento de las eras, / al fuego extinto en mis venas. Mujer, palabra, / te cubriré de blanco si me tocas”, poema XXXVII). Las palabras son cansancio, pero yo te prometo inventar un lenguaje nuevo para ti, decía el bardo. Y otro bardo dijo:

Si he perdido la vida, el tiempo, (…) todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra
. O la mujer. O el amor. Que son la mismísima cosa.

Con lo que se completa el círculo cuyo periplo se iniciara en el primer poema (“Ya aletargado (…) bajo la cobija tibia de la palabra (…) regreso (…) al refugio del verso”) desde donde todo vuelve, una vez más, a empezar (“y miro / la huella ausente / de los pasos que dejé atrás) en un ir y venir incesante y sisífico (“Amanece / y la piedra  regresa, / Sísifo”, poema XI). En un ir y venir que es, en sí, más importante que el destino soñado, buscapiés de la existencia, y que convierte al poemario, la presencia de varios poemas-noria así también lo atestigua, en la paradoja de un viaje imposible, circularmente lineal o linealmente circular, que camina para llegar al mismo punto de partida, esto es, para decirnos que no hay camino, que se hace camino al andar y que, al volver la vista atrás, se ve la senda que siempre se ha de volver a pisar.

Por eso, Ulises Mazón, o la voz poética, o el yo lírico, elijan ustedes, merodea por las islas, atraca en los poemas, salta por ellos y avanza y retrocede como el niño que juega a cruzar el río de la vida, de piedra en piedra, en el ir y venir del sentido por el camino de las camelias blancas:

  • Poema I: “cantos que manan sangre de lirios / al arrullo de las palomas”.
  • Poema II: “sobre su voz blanca de palomas / llovieron cenizas de olvido”.
  • Poema III: “En su muelle olvido de musgo / es surco de estela en el tiempo / la estela del guerrero
  • Poema IV: “Una hebra de mis dedos de musgo / acaricia el eco gaélico / de los vientos (…) La bruma / anhela ser caricia”.
  • Poema V: “La misma bruma / que invoca el misterio de la noche / atrajo su presencia / de algas y de espuma”.
  • Poema VI: “Espuma que suspira / la brisa” “Tu nombre, mujer
  • Poema VII: “era café parisino porque lo pisabas

[…]

  • Poema XXXVII: “en tu luz me derramo”…

Y vuelta a empezar

  • Poema I: “las ruinas de esta ciudad / altiva y envidiosa de la luz”. O si quieren, poema XXXVII: “Mujer, palabra, / te cubriré de blanco si me tocas” y, vuelta a empezar, en la dedicatoria, antes del poema I, “Para Concha, mujer y palabra”.

Y “Entre vuelta y / vuelta / la vida pasa”, poema XXVIII).

 Ya nos lo dijo García Márquez: “miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites. — ¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? —le preguntó.

Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.

—Toda la vida —dijo.”

 


PERORATIO:

 

Narratividad, entonces, sí, pero En ausencia de huellas nos ofrece, al mismo tiempo, una poesía fuertemente contemplativa, esto es, subjetiva, que, como Garcilaso, (“y miro / la huella ausente / de los pasos que dejé atrás”, poema I) parte del “Cuando me paro a contemplar  mi ’stado / y a ver los pasos por do m’han traído” para soñar otro milagro de la primavera, que diría Machado: “el sueño / de ver / verdecer / (…) palabras que brillen como mies dorada de estío”, poema I). Es el sueño de la palabra, más allá del temor a su futilidad, la ambición de un “In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum” que heroíce a Odiseo en su dura tarea, lo acerque a la divinidad, para como en el Ion de Platón, convertir al poeta en mensajero de los dioses. Es la palabra, a pesar de sus limitaciones, o tal vez gracias a ellas, el único remedio contra el fracaso, la soledad (la palabras se hace mujer) y el tiempo: “Tan solo espero / pasar saboreando, / y que cuando regrese / a la raíz del roble / donde sueña Marlín, / y la tierra vuelva a la tierra, / mi aliento hecho tinta / aún sea un susurro/ en vuestro oído”, poema XXVII.

Nos queda la palabra.

Canta, oh Musa…

Tomás Gutiérrez Buenestado