Os dejamos la nota que Francisco Vélez Nieto preparó con motivo de la publicación de En pedazos menudos, de Antonia María Carrascal.

«Desnudos de claridades

En pedazos desnudos de la edad madura, transcurre este maduro poemario de Antonia María Carrascal;  su sentir y palpitaciones, en espacio de temblor lírico, dentro de un reflexivo monólogo consigo misma. Rítmicos versos de son interno van tallando su verdadera existencia,  acumulada en la memoria del tiempo desde la niñez, la geografía humana vivida: “Son trozos de papel y, sin embargo, / se diría que al aire arrancan bocanadas / que alimentan sus cuerpos; / que como  niños corren, / disfrutan del bullicio / remolinos en torno de las patas / de un banco en los jardines”. Manifiesto de secuencias de la propia vida  que su feminidad poética expone y siente: “Otras veces se arrugan / y, fractales sin luz, ocultan su recado / o desglosan crudezas en pedazos menudos”.

Porque los trozos de papel que revolean alrededor de ese banco desfilan la constancia de los recuerdos, bamboleándose en lugar de espacio abierto donde el poeta medita. Esos papeles rotos, pero unidos por la memoria, llevan escritas las letras y palabras que unidas forman el cuerpo de una existencia dictada en verso que examina la andadura de toda una existencia:

Es la vida un abrazo a veces sorprendente:

llega cabriolando, las crines al desnudo,

los pechos amarillos de mostaza o azufre,

y te muerde la boca mientras bruñe

en tu dorso espadas y monedas”.

La mente intranquila es consciente de que: “Llegó. / Rescató la memoria entre los lodos; / y la piel / ulcerada, / a la intemperie, / cursó / latido imperceptible, / gacela temerosa / que hiende la espesura.”. En su nostálgico monólogo existencial no puede engañarse a sí misma, continúa enlazando su tiempo vivido convertido en pájaros rotos, fragmentos escritos, renovación de lo pasado desde la espera en que se ha convertido ese tiempo que la madurez va desnudando: “Qué chico el corazón cuando la pena…/ Qué difícil arriar la iniquidad del que especula / mientras aprieta el pie en las tiernas entrañas del caído.” Lenta caída para que, pese su justa medida, lo imparable del declive de la vida y lo almacenado por orden de sentidas y variadas palpitaciones a las que la humanidad de esta creación emotiva de feminidad poética vayan desgranando la realidad que exhibe “Aquí tienes mi cuerpo de acerico” desde la continencia del sentir que es la memoria.

Medido el desvivir de poeta y mujer, que con dulzura, para que el dolor acumulado en su monólogo, el interrogante, la pregunta, sea mejor dulce que no agria: “¿A dónde fue el jardín, a dónde el árbol / que aguantaba como a nidos mis élitros?”  Va llegando pausadamente, verso, tras verso, a la agitada desnudez del poeta dolorosamente consciente ante la imposibilidad de que sus fuerzas puedan silenciar las necesidades expositivas de lo que la mente encierra: “Este cuerpo /  atrapado en el espejo, cristal desnudo, detenido mar, / me descubre en autopsia sus íntimos resquicios.”

Vivir y desvivir, repaso de la brisa risueña al dolor otoñal de la caída de la hoja, ya no verdor de ilusiones y deseos, se ha transformado en cobre; lo transitado es andadura de memoria:

“De cirros y de lunas nos nutrimos

y el lento caminar de la existencia

es un limo jugoso  que en la pérgola

cansada de los párpados estrena la mirada”.

Pero la persuasión se ensancha de maternidad vivida para impregnar  toda la historia de tan exquisita concesión, húmeda de temblor lírico,  que lo embarga todo hasta el punto donde su contenido posee  imán que  atrapa con la lectura de este sentido y meditado ejerció poético. Hasta el extremo de que no lo considero un prólogo al uso, sino un sencillo sentimiento de lector, fruto de más de una lectura, por la propia exigencia de su extremado monólogo.

PERSUASIÓN

Deja que me acostumbre a la partida

al angosto lagar

donde llena sus ubres

la insolente nostalgia.

Deja que domestique la tristeza;

que rescate el aliento

de las alas tronzadas por la ira,

de la calma tozuda donde hundir

la espuela del penúltimo latido.

Francisco Vélez Nieto