Os dejamos la reseña que en Rod-mania aparece sobre La importancia de llamarse T. Aquí, el original.
«LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE
Pero ¿y las letras, esas piezas gráficas que combinadas y unidas forman las sílabas y estas a su vez las palabras? También tienen nombre, también son símbolo y quizás sean las ideas más íntimamente unidas a sus respectivos nombres encadenados en el abecedario, sin sinónimos ni antónimos, por sí mismas.
Mi madre, Rosa Díaz, presentó hace unos días su primera novela, La importancia de llamarse T. Yo ya la había leído varias veces, estuve inmersa en el mismo proceso de elaboración de la narración porque, al conocer la maravillosa idea que había tenido, desde aquellas primeras páginas, esta T lanzó sus tentáculos sobre mí (de ella primero) y logró sacarme de la taciturnidad hasta que aquella trama estuvo totalmente tejida.
Rosa, mi madre, que nunca se había atrevido con la narrativa, había creado una historia fantástica humanizando a una letra y convirtiéndola en personaje protagonista de la narración, pues ya desde el título venía con visos de altanería emulando a los «Ernestos» wildianos.
La felicité entonces y ahora que veo junto a mí el volumen publicado es un orgullo y un honor dedicarle en este espacio unas palabras
Ediciones en Huida, editorial sevillana creada por unos jóvenes poetas y empresarios a los que yo catalogo de aventureros soñadores de ideas claras, apostaron por seguir llevando al papel poemarios de escritores noveles y consagrados, leyeron el texto y lo han publicado. En su presentación en la pasada Feria del Libro de Sevilla, su presentador, Eliacer Cansino, lo primero que dijo de ella es que era una novela inclasificable dada la dificultad de asignarle un membrete porque es muchas cosas cosas a la vez: novela de ficción, metaliteraria, poética, también didáctica, un cuento juvenil para adultos… Él le aplicó el término cabalístico para ubicarla, en el sentido de que se trata de «una novela que hace vivir a las palabras y las letras con la convicción de que dichas palabras y letras puedan transformar la realidad».
El profesor de filosofía y escritor la llevaba a su terreno con acierto, porque La importancia de llamarse T es una conjetura, una suposición, dotada del principio de verosimilitud fantástico desde su inicio para desarrollar la idea de liberación, salvación y perpetuidad de las propias palabras y de los personajes que conforman la trama de la historia, como medio y fin de salvarse y liberarse a ella misma, a la propia letra.
La T, en el mundo de hoy, sufre una crisis existencial porque la ha invadido el desánimo de dos palabras que ella encabeza: timidez y tristeza. Y tal es su desaliento que decide abandonar el abecedario. Una postura radical y nihilista que intentarán cambiar las letras compañeras haciéndole ver que ellas también son cabecera en el diccionario de palabras cuyas ideas no deberían existir, pero ¿qué iban a hacer?, ¿cómo abandonar una Lengua? Así, la U se lamenta de ser usurera y usurpadora, úlcera o ultimátum; la V de cargar con laviolencia o el vandalismo; limitada pero dicharachera la W dice que aunque pinta bien poco si no fuera por William Shakespeare o Wagner, estába contenta porque le había tocado la lotería con la palabra web, por lo que la T debería estar que se sale con el twenty o el twitter. Y así se suceden en ingeniosas intervenciones las letras de nuestro abecedario que no logran que la T se desprenda de esos conceptos tan demoledores : timidez y tristeza. La dialéctica persuasiva no surte efectos, y aunque la nuestra letra reconoce la importancia de introducir las palabras Tierra, Tiempo y Trabajo, en este Tiempo con la crisis de Trabajo y tal como está la Tierra, sucumbe aún más en la depresión y la indignación, y como una antisistema más de nuestros días, se va al edificio de la RAE y presenta su dimisión. Abandona.

Como se podrá imaginar, la T genera un caos de proporciones exorbitantes que afecta a todos los sectores, a todos los ámbitos que sufrirán consecuencias garrafales. Los músicos no tienen timbales, tambores, trombones ni trompetas. Los taxistas se ven sin profesión ni vehículos. La construcción, sin techo, tabiques ni tejas. Del tráfico ni hablemos. Ni tesorosni turistas. Ni té ni tequila, etc, etc.
Pero ella está contenta porque solita ha eliminado la tortura y venció a la tristeza y a latimidez, que ya dejaron de existir. Pero claro, el diccionario sufre una enormidad de desahucios y los afectados se movilizan y le hacen saber a la T sus reivindicaciones: latórtola; la tinta; Proust, que no encuentra su Tiempo perdido, los turroneros sin oficio, eltomate que tiene que abandonar el sofrito y la ensalada, Tristán ¿qué será de él?, la ciudad de Tarragona, y un largo etcétera. Ya fulminados, dialogan con la T en sabrosas intervenciones sin que nuestra letra se inmute.
Mi madre contó lo mucho que se divirtió escribiendo la novela. Y yo, y yo, leyéndola. ¡Qué ocurrencias, madre mía…!
Así de feliz iba la T hasta que recibe la epístola que la conmoverá hasta el tuétano y desencadenará la aventura de su regreso. Los Amates de Teruel le escriben esto:
» No sabíamos cuan estimada sería su presencia para nosotros, nos damos cuenta ahora, que nos hemos quedado sin nuestra ciudad natal, la que vio encender nuestro amor desde la inocencia de la niñez. Sabrá usted, que aunque en ella sufrimos la injusticia de un amor prohibido, fue ella también la que hiló nuestra sombra. Entre sus muros, una muchacha urdió sábanas y manteles y por sus dedos pasaron inviernos y veranos, y otoños y primaveras. Mientras que aquel muchacho que por honra y por fama se alistó en una guerra, cruzaba las espadas y la sangre, el valor con el miedo y la muerte con la vida.
Así obtuvo blasón, valor y orgullo para volver los ojos al padre de la amada requiriéndola en santo matrimonio.
No pudo ser. Pero nuestros corazones no estaban hechos para latir por separado, dejaron de latir y solo nos quedó el frío destino que viven las estatuas. Pero así y todo, nos vengaban esos enamorados que venían a mirarnos, y besando sus labios, sellaban a la par su amor y el nuestro, y hasta parecía que iban a unirse nuestros dedos porque el mármol se estaba apiadando de nosotros…
Apenados y sin ningún remite por no tener ciudad, reniegan de su suerte
Isabel y Juan Diego».

Sarcófagos y esculturas de Los amantes de Teruel,
esculpidos por Juan de Ávalos en 1956.
Actualmente en el museo temático de estos legendarios personajes
adosado a la iglesia de San Pedro (Teruel).
Ese Amor que es capaz de mover el mundo es el que moviliza a la T y la hace tomar conciencia de su importancia en el edificio del abecedario. La letra encontrará el sentido de su existencia y, sí, regresará, pero no a cualquier precio. Algo debía hacer para quedar fijada definitivamente entre la S y la U para siempre.
A partir de este momento, la T se convierte en una heroína, y como todos los héroes, se rodea de los mejores colaboradores para desarrollar su estrategia: signos de puntuación. Una coma que al conocer la decisión que ha adoptado la T la sigue en su suerte harta de las dudas que genera su presencia o ausencia en un renglón, y otros que tomará prestados de poemas: un punto y coma del que Juan Ramón prescindió en sus depuraciones, un paréntesis tomado de La casa de Bernalda Alba de Federico por representar este la función de capturar y un signo de interrogación de un poema de Machado convirtiendo la interrogación retórica que refleja la duda en ¿Todo es / soledad de soledades, / vanidad de vanidades, / que dijo el Eclesiastés? […] en una rotunda aseveración.
Con el permiso y la generosidad de estos ilustres personajes para tan noble empresa, la T y su equipo inician la aventura cuya finalidad es la de salvar de su tristísima fortuna a los amantes de Teruel. Atravesarán por el tiempo hasta llegar al inframundo de los perros de Hécate teniendo que superar inconvenientes y dificultades. La aventura del rescate es el clímax de la novela, donde se muestra la voz poética natural de la autora, dramática y emotiva cuando aparece el Chavo, el perro de nuestra casa y al que dedica este libro. Chavo es el líder en ese inframundo porque representa la bondad y la nobleza y hará de perro guía a la T y sus amigos, el mismo papel que hizo aquel labrador en vida.
Por sus páginas desfilan palabras y personajes de la historia de la literatura, episodios y personajes de la historia que interactúan (hago mención de Paris y Helena, que por no existirT no hubo Gerra de Troya y están encantados). Pero también reflexión sobre la inminente actualidad. Creada en plena crisis ni mucho menos todo son «ocurrencias» ni una galería de adecuación de conocimientos imprescindibles en la formación de los saberes . Está presente el espíritu crítico en las consideraciones sobre el sistema económico, político y de valores en los que estamos inmersos en un intento de fomentar la movilización de las conciencias entre nuestros adolescentes anestesiados por las nuevas tecnologías.
Rosa Díaz concibió La importancia de llamarse t como novela juvenil. Pero, por desgracia, esta novela no se va a consumir por los alumnos de la ESO, está lejos, muy lejos de ser compatible con sus intereses y muy distante de conocimientos que ya deberían ser compartidos a estas edades. Y lo que es peor, mucho más lejos de las inquietudes culturales e intelectuales de los hijos e hijas de de las sucesivas leyes de educación que se han ido reemplazando en España por gobiernos en alternancia. Leyes gubernamentales ideológicas que han ido segando el placer y la pasión por el saber gratuito, sembrando la comodidad, la desidia y el utilitarismo materialista, propiciando que anide la idea de la inutilidad de las Humanidades, como refleja la duda que más plantean los pupilos a sus docentes: «¿Y esto para qué sirve?
Yo se lo dije desde un primer momento, Cansino así opinaba también. No mamá, a esta novela no se le podía poner en la solapa «para lectores de entre 12-16 años». La inmensa mayoría que están bajo el membrete de «Novela juvenil» salen de fábricas sin ningún criterio literario. Ésta tuya ha salido de una mente creativa, del ingenio, de horas y horas de documentación y trabajo. Ésta es de las que llega a las casas, no a las escuelas, a las manos de jóvenes porque antes haya pasado por la de algún adulto que reconozca en ella la originalidad, la técnica, la didáctica, la belleza, la utilidad, la emoción… Lo imposible posible que es sentirse muy joven con el «Para todos los públicos».
Yo creo que hubiera sido otra persona si no hubiera sido hija de una escritora, de una mujer que me transmitió desde el seno el valor de las palabras orales y escritas con la misma naturalidad y de forma tan ordinaria como el valor del arroz con leche, las croquetas o las labores de aguja e hilo. Mi madre para mí es «palabra», tanto las que ha dicho, escrito, como las que sé que calla. Yo crecí amamantada por las palabras de mi madre, por las de letrillas de canciones populares o improvisadas y de cuentos y leyendas del mismo modo. Por los soliloquios y recitaciones en silencio. Y acunada en el sofá hasta que vencí el miedo de irme sola a la cama, cuando ya ocupaba el tresillo de brazo a brazo, por esas otras palabras entonces indescifrables de su propia poesía. Aquel Padre Nuestro y Ave María que las monjas nos recordaban que teníamos que rezar con nuestros padres antes de irnos a dormir, en mi casa nunca se rezaron, porque mi madre a esa hora recitaba en voz alta los poemas que había escrito ese día y ese era el Pan Nuestro de cada día por la noche. Se los dirigía a mi padre pero yo no era oyente pasiva. Sin saber el significado de aquellos versos, a mí algunos me sonaban a tintineo y otros a martillazos, desconociendo el significado de la mayoría de las palabras, aquellas que ya estaban descubiertas, me brindaban llaves para ver un mundo más allá en mi mente que me fue dotando de un enorme abanico de emociones en dosis radicales a golpe de timbres y entonaciones. Tan arraigadas e indisolubles tus palabras en la memoria y la experiencia, que me otorgas la propiedad de saberte leer por dentro. Y si esto es así, es porque al leer tu palabra vivida me has sacudido con la pureza del dolor, la intensidad de la nostalgia, el sumo del amor, la suave sonrisa, la magnitud de la injusticia, la viveza de la risa…
Una de esas historias que tu voz también me transmitió fue la leyenda de los amantes de Teruel, nuestros «Romeo y Julieta» patrios. Y aquella otra historia de estos amantes que me pasaste con tu voz escrita como un salvoconducto para tu propia supervivencia, viene a sumarse a todo ese conjunto de obras que estos personajes inspiraron. Diego e Isabel, salvaguardados en el arte por Eugenio Hartzenbusch, Juan de Ávalos, A. Muñoz Degrain o Tomás Bretón, tienen a salvo su amor infinito por una T de Rosa Díaz.
¡Enorabuena a ti y a ellos!»
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