Os dejamos la reseña de Pulpa de limón que ha aparecido en la revista Vísperas.

» Pulpa de limón, de Álvaro Romero Bernal

“Ni él ni nadie se había preguntado nunca qué edad podría tener el limonero. La suficiente, suponía, para haber levantado la mitad de las baldosas del patio, que ahora bailaban perdidas sobre raíces desorientadas; haber inundado con su olor a cítrico las cales viejas y superpuestas de aquellos muros terrosos; y haber crecido sobre un loco y verde afán de criatura poética capaz de olvidar las miserias del suelo, con su bidón de acero siempre hasta arriba de agua calentona y dulce, su alcantarilla mal cerrada y sus hojas secas y caóticas de aspidistras, cintas y begoñas supervivientes de otro tiempo ya marchito.”

De una forma u otra, todo gira en torno a un limonero centenario, lo vemos en la acidez de unos personajes que luchan contra su propia soledad, acostumbrados algunos a nadar en el mismo mantillo de la tierra, pero que no pierden nunca ese verdor que emana la esperanza y que de vez en cuando acude a rescatarlos, en forma de destino o deidad. Todo vale para redimirse o para volver a comenzar en Pulpa de limón, primera novela del periodista Álvaro Romero Bernal, publicada por Ediciones En Huida.

La novela comprende un periodo de tres semanas y son tres historias las que se entrelazan en ella. Por una parte encontramos a un solterón más que anclado en su propia existencia, rodeado de nostalgia de la que no se ve capaz de salir, es un ser pasivo por naturaleza pero que no deja de ser esencial para la trama, el bueno de Marino Parejo tendrá un papel en la historia casi más por inercia que por iniciativa propia, pero recordando ese verdor del que comenzamos hablando, da el paso.

Está Enrique Alcocer, un hombre afortunado en todas sus aristas, tan bien lo ha tratado la vida que no es capaz de ser feliz, y es tan consciente de ello que se agarra desesperado a cualquier raíz que sobresale a su vista, placebo en forma de bebida, en forma de mujer; y de nuevo ese verdor.

El padre Felipe es tierra firme, es un personaje tan bien pulido, que nos sirve para sosegarnos. Somos testigos de sus dudas y miedos, presentes en monólogos que el autor disfraza de oraciones a un dios que escucha y ve, solo.

A los protagonistas de estas historias se unen grandes mujeres, todas ellas son reflejo de ésas mismas que se cruzan con nosotros sin verlas. Personas reales, muy reales.

La trama está narrada con una lírica evocadora bellísima, intercalada con una narrativa que nos guía por momentos cuesta abajo, a medida que los acontecimientos se van dibujando, los seres que habitan en sus páginas se mueven, actuan, se equivocan, pero sobre todo, se mueven, tanto que esa tranquila novela nostálgica que comenzó en un luminoso patio una mañana de primavera, acaba convertida en una novela negra, con páginas duras y que muestran la parte más monstruosa del ser humano.

Su lectura final tiene como testigo callado el verdor del limonero con el que comenzábamos la reseña, y que deja entrever una cierta metáfora de la vida, ante la cual giramos hasta volver inevitablemente a ella. Aldous Huxley dijo que la felicidad no era nunca grandiosa, y creo que tenía razón; el vitalismo que escapa de las últimas páginas es un toque de atención del autor, un aviso. La felicidad tal vez está cerca y puede que esté construída de pequeños detalles, de nuevo ese verdor.»