PRESENTACIÓN DE LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE T,

De Rosa Díaz

Feria del libro de Sevilla, 12 de mayo de 2015

La novela que presentamos, La importancia de llamarse t, es una novela inclasificable. Inclasificable porque nos reta a situarla bajo un membrete: ¿es una novela de ficción, es un cuento infantil que toma cuerpo, se transforma y solicita un lector adulto, es una novela metaliteraria, es una novela poética…? Tal vez sea todo eso y por ello no se deja fácilmente encasillar.

Cuando comencé a leer la novela me vino a la mente una expresión “novela cabalística”. Probablemente esta denominación no sea exacta, pero si la aclaro dará una idea de lo que pretendo decir: una novela que busca, combina, hace vivir a palabras y letras con la convicción de que dichas palabras y letras pueden transformar la realidad.

Si le resumo la historia, sin desvelar nada que les prive del interés de leerla, entenderán por qué digo esto: Sucede que la letra “t”, descontenta con su suerte en la lengua, con la humildad de palabras que conforma, timidez, tristeza, p.e. y celosa tal vez de otras letras que forman palabras con más prestigio, decide abandonar el abecedario. Pero ocurre lo que siempre que se altera uno de esos puntales mínimos, pero que secretamente sostienen el mundo: al hacerlo la realidad se transforma.

Rosa cuenta esa metamorfosis a veces con humor, otras veces con poesía, y en algunos capítulos con intensidad dramática. Siguiendo la vida de las letras, de las palabras, de los signos ortográficos, Rosa nos va haciendo avanzar por el presente más cotidiano, por el pasado, por la mitología o por la historia de la literatura. En ese sentido tiene la novela una ambición de concentrar en una misma historia muy diversos aspectos de la realidad.

Pero veamos algunos párrafos de la novela. Especial gracia me han hecho aquellos en los que las letras disputan sobre su estatus. Frente a la rebeldía de la t, muchas otras letras presentan su situación también digna de conmiseración y sin embargo sin queja. Así la V, la W o la Z en unos diálogos divertidísimos (págs. 12, 13, 14).

Como dije, de esa revuelta de la t vendrán desgracias miles, provocadas por la desaparición de aquello que ella nombra (vuelve aquí a verse ese sentido cabalístico que mencioné anteriormente, en el que las palabras crean y ordenan las cosas) (págs.. 15-17). Y tras ello una mirada sociológica muy interesante que toma como objeto a los turistas. Una verdadera sociología del turista, que nos sirve además de aviso para nuestras propias travesías (págs.18-19).

Nuestra protagonista, la t, fuera ya del abecedario, vuelve a encontrar sentido a su vida cuando inesperadamente la solicitan para emprender una aventura en la que ha de atravesar el tiempo: Se trata de salvar de su tristísima fortuna a los amantes de Teruel. Una aventura que llevará a cabo con el concurso de la magia de la literatura y los dominios de la ficción.

Como en todas las pruebas que han de realizar los héroes, y en esto se acoge a la tradición cuentística, nuestro protagonista necesita la ayuda de algunos colaboradores: en este caso algunos signos ortográficos. Y no se les ocurre otro desmán que ir a sacar una coma de un poema de Juan Ramón, tan obsesivo él con todos sus escritos (pág. 40-41).

Pero dije que en esta aventura también sobrevenía la poesía, y podemos comprobarlo en muchas de sus páginas. (pág. 48)

Atravesando inconvenientes y desdichas llegaremos al verdadero clímax en el centro de la novela: el encuentro con los perros de Hécate. Es en este capítulo y en los que le siguen donde la autora muestra con sobrada energía su mirada poética. En un inframundo fantástico, Rosa nos ofrece las más exaltadas y dramáticas páginas de la obra. Páginas que quizá se correspondan con la aparición de un perro amado, Chavo, al que dedica la novela (pág. 65)

No sé si me lo he inventado o lo insinúa Rosa en una de sus páginas: Toda la novela es una estrategia de palabras para salvar de la muerte no solo a los amantes de Teruel, sino a cuantos por ella transcurren: Chavo, su perro, Juan Ramón, Lorca, Machado, ella misma probablemente y nosotros los lectores.

La novela de Rosa Díaz sí es verdaderamente eso que se dice de forma tan a la ligera: una novela para niños de 9 a 99 años. Algo de niño ha de mantenerse para leerla y algo de lector adulto para ser arrastrado sin temor a un lenguaje espléndido y misterioso.

Los escritores escribimos en general como todos los demás excepto en una peculiaridad que es única y nos pertenece y eso es el estilo. La mayor parte de una obra pertenece a la lengua común, a las tradiciones, a lo leído, a lo imitado, pero hay algo irreductible en cada escritor que lo hace ser él. A veces es un rasgo puramente formal: la manera como se inician las frases, la densidad del periodo lingüístico , o lo escueto y casi exiguo de la expresión. Otras veces son los temas que se eligen, la manera en que el autor se detiene en los detalles, o aquello que ve cuando mira el mundo. Porque aunque el mundo está ahí, delante nuestra, al mirarlo no todos vemos lo mismo. Conocí a un escritor en Nueva York que decía que no podía evitar ver siempre el mal que surgía ante él. Si alguien intentaba robar una cartera, él lo veía, si un adulto seguía a una niña con intenciones infames, él lo veía. “Tengo que cerrar los ojos”, me decía, “todo lo malo del mundo se me viene siempre a los ojos”. Pues bien eso es lo que hace que cada escritor sea el que es. Y eso irreductible, en el caso de Rosa, es un cierto sonambulismo mágico de su expresión. Rosa, es dominada a veces por las palabras. Parece que no es ella quien dirige la pluma sino que el propio lenguaje va dándoles soluciones inesperadas. En muchas ocasiones parece una médium del lenguaje, para decir lo que la conciencia no sería capaz. Esa capacidad, que se mueve entre lo poético y lo misterioso, lo inconsciente y lo revelado, y que se forja en palabras que nos anonadan o despiertan constituye lo más peculiar de la prosa de Rosa Díaz.

Nada más, porque de una novela, como de un cuadro o una partitura debe hablarse lo justo, lo demás debe decirlo ella misma. La piedra de toque que justifica la obra siempre es el lector, el que contempla o el que escucha. Y por eso, llega ahora el momento de ustedes, el momento lector que hace que las palabras tomen vida y digan lo que tienen que decir. No obstante, Rosa Díaz, tal vez pueda contarnos aún algunas cosas sobre cómo creó para nosotros esta novela.

Eliacer Cansino